Ya lo dijo Brendan Rodgers esta semana: «Además de tener varios de los mejores jugadores del mundo, el Real Madrid está en un momento muy dulce de juego». Y el equipo de Carlo Ancelotti lo demostró ayer frente a un Barcelona que llegaba invicto al Bernabéu.
Tanto con el juego como, evidentemente, con el resultado, cumplió lo que pensábamos, que era favorito para este encuentro. Es como si ahora mismo tuviera una marcha más que todos sus rivales, incluido el Barcelona. El Madrid se mostró más dinámico, más entregado, con más ambición, con un poco más de todo que su eterno rival.
El conjunto azulgrana no fue el de años anteriores. No consiguió, en ningún momento, encontrar su sitio en el campo. No sé si quizá el gol tan tempranero, lejos de ayudarlo, lo perjudicó a la hora de perder comodidad. Porque el Madrid, además de mostrarse implacable en la suerte del contragolpe, también fue capaz de imponerse en el juego que más le gusta al Barça, el de tener la pelota.
Incluso creo que sin forzar excesivamente la maquinaria, ayer el conjunto de la capital de España hubiera pasado por encima a un Barcelona muy inferior.