Pesar el alma, detener el tiempo


Por respeto y elegancia, no se debería hablar de edad ni dinero al referirse a Roger Federer. Convendría olvidar sus 17 títulos del Grand Slam como escala para medir su legado, apartarlo de la lista Forbes de ganancias, desdibujar su fecha de nacimiento. Todo demasiado ordinario. Como citar a Mozart en una lista de éxitos, encorsetar a Picasso en las cifras de una subasta, contar las palabras de los libros de Shakespeare. Hábitos mundanos para expresar lo inaprensible. Porque hay más tenis en un partido discreto del suizo -genio con sus lagunas, sus momentos de desconexión cuando parece habitar ya más la eternidad que el momento presente- que en torneos enteros de chavales robotizados, las figuras del mañana de un tenis que se quedará huérfano de orfebres. El último nació en Basilea, un día de agosto, hacia finales del siglo pasado.

¿Cuándo empezamos a echarlo de menos? Quizá el vacío se abrió cuando Rafa Nadal -maestro de la fortaleza mental desde la perseverancia, la estrategia y el sufrimiento- le ganó aquella final de Wimbledon 2008, un relevo irremediable al fin, como que el ocaso le gane la batalla al sol y sitúe en penumbra la catedral de Wimbledon cada día. Entonces, casi entre tinieblas, Federer cedió el último rincón donde encontraba su inspiración.

Fue a partir de entonces cuando se desató el pánico. El físico, la irrupción de nuevos jugadores, la edad al fin y al cabo, estaban a punto de arrebatarnos al último romántico. A un tenista que golpeaba en verso y recibía pelotas en prosa desde el otro lado de la red. Su ilusión por colgarse una medalla en los Juegos de Londres del 2012 en la catedral de Wimbledon se transformó en la prueba definitiva de que allí enterraría su raqueta para siempre en un gesto simbólico supremo.

Pura fantasía. Federer se bañó en plata olímpica, ganó cuatro grand slams más -¡ay, los números!-, abrió una etapa de claroscuros como cualquier artista y acortó esos instantes en los que las musas alinean la belleza de su tenis con la eficacia de los resultados. Por eso le cuesta ganar al mejor de cinco sets. Pero, cada vez que pisa una pista, su presencia se convierte en un regalo. El último lo brindó en Shanghái -donde ganó, con perdón- y las calculadoras volvieron a cuantificar sus posibilidades de terminar como número uno del mundo. Como quien trata de pesar el alma, de detener el tiempo.

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