Los atletas destrozaron el estilo. El fútbol sigue siendo tan caprichoso como sorprendente. Porque si era impensable que al Real Madrid le bastara con media hora para hacer trizas en tres contras el fútbol que le ha martirizado durante los últimos cinco años, más inesperado aún es la trivial respuesta de un Bayern liviano, atormentado y humillado sin piedad en su propia fortaleza, esa que tradicionalmente se le atragantaba al Madrid.
El conjunto blanco ha reforzado una apuesta que pasa por el fútbol sin pausa, por un juego que genera vértigo en cada una de sus acciones. Así ha llegado a la final, con una idea, paradójicamente, bastante más alemana que el loable y vano intento de Guardiola de tratar de convertir el agua en vino, de transformar el monocorde y práctico ritmo germánico en un canto a la inspiración.
Ancelotti ha tenido la virtud de potenciar las virtudes que se ha encontrado y ha despreciado la posibilidad de imponer un sello propio. El italiano ha dotado a su equipo de un cierto orden defensivo, no ha alterado el vestuario y ha depositado su destino en el talento y la velocidad de Bale, Cristino y Benzema. Ellos son los que imponen el sello, confuso y atrabiliario a veces, pero irresistible otras. Como ayer.