El fútbol sin cabeza. Una ida vuelta a mayor gloria de las estrellas. Ni el Real Madrid ni el Barcelona de ayer tienen mucho que ver con los clásicos de Pep Guardiola y Mourinho. Al primero, porque le cuesta controlar el juego, poner pausa en el vértigo ofensivo que imponen Di María, Cristiano o Bale. Al segundo, porque carece de la chispa y el sacrificio para recuperar como antaño, para tapar unas carencias defensivas impropias del equipo que ha dominado el panorama europeo en los últimos años.
A falta de rigor táctico, el clásico nos dejó emoción, siete goles, tres penaltis y la sensación de que a tanta multimillonaria inversión habría que exigirle algo más que mantener viva la Liga.
El Madrid tiene más futbolistas que fútbol, disfruta de un plan que le sirve para sobrevivir en la mayoría de los campos, pero escaso cuando el envite necesita de algo más. Puede ganar sin Xabi Alonso, Modric o Xisco, pero necesita de su equilibrio y su creación para empresas que requieran algo más que poderío físico. Con Di María como termómetro, vive en una montaña rusa, tan capaz de resolver los encuentros en cinco minutos como de llegar al tramo final con la reserva encendida. Pese a las la espectacular racha de victoria, el equipo de Ancelotti es un proyecto en construcción, un modelo que corre el peligro de quedarse a medio camino si cae en la autocomplacencia de la descomunal pegada de Cristiano, Bale y Benzema.
El triunfo le sirve al Barcelona para volver a la Liga, pero no resuelve las dudas de un proyecto con cierto aroma a pasado. Como el Madrid, sus individualidades son capaces de tapar cualquier otra carencia, pero el Barça demanda algo más que la clase de Iniesta. Sufre por una defensa mal planificada, su juego ha perdido velocidad y la precisión de antaño, aunque, eso sí, Messi al trote es capaz de desequilibrar cualquier partido. Tantas como para, quizá, hacer olvidar que tiene una reforma pendiente.