Hosco en las maneras y vehemente en las formas, Luis Aragonés representa el fútbol, la pasión por un deporte al que ha dejado una herencia impagable. Siempre fue un entrenador, nunca dejó de ser un futbolista. Desde que con su particular y un tanto torpe forma de correr dirigía el tráfico desde el centro del campo hasta que, con esmero, acariciaba el balón para limpiar las telarañas de la escuadra en un libre directo imposible o provocaba una sonrisa en vísperas de una gran final.
Un día, su mentor y amigo Vicente Calderón, le dijo que tenía que colgar las botas para hacerse cargo de un banquillo entonces ya caliente. Pasó de bromear, poco, con sus compañeros a llamarles de usted en unas horas, de las celebraciones entre colegas a gratificar a los porteros de las discotecas de moda madrileñas para que le tuvieran informado de las andanzas de sus antiguos compañeros. Casi cuarenta años -más de media vida- en los banquillos, la mayor parte ligado a su Atleti, al que incluso acudió a rescatar cuando cayó en el pozo de la Segunda División.
Su legado tiene más que ver con el juego que con los triunfos, con el olor a césped y linimento que con los títulos o los discursos grandilocuentes. Luis, el menos dogmático de los tercos, interpretó el fútbol como nadie. Hábil y listo en las distancias cortas, mejoró todo lo que tuvo en sus manos; cómplice de los jugadores cuando estos lo necesitaban, psicólogo castizo si era necesario y sabio, también a su manera, casi siempre. Gruñón entrañable y figura irrepetible, presumía de ser un gran contador de chistes y de «mirar siempre a los ojitos».
La picardía, los pasillos de seguridad, la condición fisica de base? Y ganar y ganar y volver a ganar. Precisamente él, que también perdió mucho, puso los cimientos de un equipo de leyenda, recuperó la estima de un fútbol atávicamente aferrado a la furia y nos reconcilió con la pelota. Artista del contraataque y maestro del toque. El fútbol, sin artificios.