Viví en la residencia del Real Madrid con Pedro Mosquera durante tres años. Estábamos juntos en la misma habitación con Mata. Los tres éramos uña y carne, y nos convertimos en amigos para siempre. En mi caso, como los dos somos de A Coruña, hacíamos los viajes juntos. Había otros dos chicos gallegos, Hugo García, que está en el Barbadás, y Claudio Giráldez, ahora en el Coruxo y que estuvo en el Pontevedra. Pedro y yo íbamos juntos a clase. Durante tres años no nos separábamos ni para dormir, eran 24 horas al día juntos y lo que vives entonces no lo vives ni con tus padres. Ya entonces apuntaba a futbolista de Primera. Figuraba en las convocatorias de las selecciones y era una de las perlas de la cantera. El Madrid le ofrecía el reconocimiento que se merecía. Incluso en los estudios le iba de cine. Era muy aplicado, sacaba todo sobresalientes y si había un notable, ya se enfadaba. Siempre ha sido ejemplar como persona. No le recuerdo un momento bajo. Es verdad que éramos unos niños y que vivíamos a 600 kilómetros de nuestras casas, pero quizá era eso y el fútbol que te hacían madurar más rápido y no pensar tanto en la familia. Cuando hace dos años decidió volver al Castilla en Segunda B yo no lo aconsejé. Él quería jugar y en el Getafe no tenía minutos. Volvió con 23 años y era una apuesta arriesgada, pero le salió bien. Hizo un trabajo muy bueno y ahora las cosas le están yendo de lujo. Me alegro muchísimo por él.