Un canto a la opulencia


Florentino Pérez ya tiene su jueguete. Y Daniel Levy conserva intacta su fama de negociador implacable. El paripé perfecto, la partida de Monopoly con los dados marcados de aquellos para los que el espectáculo reside en el dinero y no en el juego. El desenlace estaba cantado desde hace meses, justo un día después de que el Barcelona se hiciera con los servicios de Neymar. Para el presidente del Real Madrid la compra de Bale era un capricho prioritario, y no precisamente por la necesidad deportiva, de difícil justificación. Protagonizar cinco de los diez fichajes más caros del fútbol, con el balompié español al borde del colapso, es un acto de soberbia propio del que satisface su vanidad con los cantos a la opulencia.

Inmersos en la mayor crisis que se recuerda, con seis millones de parados y las enormes dificultades de buena parte de los españoles para llegar a a final de mes, pagar más de 90 millones de euros por un futbolista es un insulto, una impúdica exhibición, a la que asiste complaciente una administración deportiva incapaz de poner remedio a las intolerables diferencias entre ricos y pobres.

Poco importa que el segundo fichaje más caro de la historia (o el primero, que tampoco en eso hay acuerdo) coincida con la marcha del fiasco de Kaká o la negociacion para deshacerse de Ozil, este sí, un talento con cara, y ojos.

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