Aunque el seguidor lleve sobre sus espaldas una docena de descensos, nadie debe suponer que uno más no le afecta. Si lo cree, está equivocado porque tal creencia no germina en la mente de un seguidor avalado por casi 75 años como socio del Deportivo, desde los lejanos tiempos del local situado en la calle de los Olmos en donde el exjugador Luis Otero había cedido un par de reservados del café bar Derby para oficinas del club coruñés. Coincidía con el primer ascenso a la División de Honor (1941-42) suceso que me cambiaría la necesidad de pedir en la puerta del viejo Riazor el «¿me pasa, señor?» sistema al que recurríamos los chavales de aquella época y que a mí solía darme buen resultado. Con el ascenso, pasé a tener el recibo de socio infantil y andaba por todo el campo sintiéndome el más feliz del mundo. Y eso que aquellos tiempos eran los del racionamiento más puro y duro, cuando no había ni pan para las meriendas. Todo esto lo recordé, una vez más, a lo largo de la insólita madrugada sufrida tras el 0-3, resultado que presenta un horizonte muy negro tal como se veía venir antes de ahora. No es novedad, pero estas adversidades duelen siempre cuando llegan, aunque a veces pudieran ser esperadas.
Hablando del descenso, nada está confirmado pero la noche insólita de anteayer superó todo lo sucedido a través de los años en el entorno del Real Club Deportivo de La Coruña en ocasión de otros descensos que, repetimos, en teoría aún puede evitarse. En la práctica puede pensarse que «esto no lo salva ni un médico chino», según frase de un ex entrenador del equipo coruñés quien, además, por fortuna se equivocó pues el Dépor terminó salvándose de la mano de H.H.
Debo terminar. Antes, calificar de anormal esa reunión en el estadio, a la una de la madrugada, entre el mandatario del club, el entrenador el director deportivo y los capitanes. Una reunión insólita que llama más la atención cuando en la sede del club suele decirse a los medios que no pasa nada, cuando se pide alguna información.