Los piropos que recibieron el estilo y la filosofía del Lugo habían caído en saco roto. De poco o nada le servían a Quique Setién y su gente la fidelidad y la apuesta por el fútbol ofensivo, si luego el marcador no reflejaba esos incuestionables méritos. Pero este deporte es muy exigente, nadie regala nada y los errores se pagan a precio de oro. El feudo del Almería, el segundo clasificado, parecía a priori el menos propicio para saldar este estigma. Y tuvo que ser, como no, su máximo realizador, Óscar Díaz, el que rompiese esa virginidad derrotista a domicilio. Ni Pablo Álvarez ni Seoane habían aprovechado en el primer tiempo dos ocasiones pintiparadas para plasmar la superioridad lucense en los primeros 25 minutos del partido. El Lugo parecía el propietario del campo, dueño de la pelota. El Almería esperaba atrás. Pero, salvo dos o tres irrupciones de Charles, intrascendentes para Yoel, los medios y defensas lucenses hicieron un trabajo impecable de repliegue. El séptimo gol de Óscar Díaz en el campeonato validó la primera victoria de los de Setién a domicilio. Y permitió resistir 33 minutos el agónico y desordenado asedio local a base de pelotazos. Sangre, sudor y lágrimas para lograr tres puntos de oro y oxigenar una situación que rayaba el abismo. El Lugo ganó cuando volvió a blindar su área, sacando petróleo de su anemia realizadora. Si la mejora, tendrá la permanencia mucho más cerca.