En un polideportivo vacío se puden percibir las emociones liberadas durante el último enfrentamiento
31 jul 2012 . Actualizado a las 11:23 h.Hay una cosa tremendamente excitante de trabajar en un polideportivo que vive días de gloria como los que adornan el Parque Olímpico de Londres y es esperar a que termine el partido y comprobar que los asientos vuelven a estar vacíos para poder escuchar en soledad el rumor de la grada. Porque cuando ya no queda nadie en un pabellón ?como mucho uno o dos compañeros de profesión al otro lado de la bancada- y el tiempo te sorprende apretando las teclas, si prestas la suficiente atención, aún eres capaz de percibir las emociones que se liberaron durante ese último enfrentamiento.
Como si fuesen un disco duro, las paredes del recinto registran todas las subidas y bajadas de tensión que se suceden en el transcurso de un encuentro y que continúan rebotando de pared en pared hasta que por fin alguien las recibe. Es justo en ese instante cuando todo se tranquiliza, cuando regresa la calma. Y es entonces cuando apago el ordenador, busco la salida y digo hasta mañana.