Toni se crio en el Ural y sobresalió en uno de esos torneos alevines que se celebran España adelante. Real Madrid y Barcelona se cruzaron en su camino. Hijo de escritor y farmacéutica, sus padres no querían que se desviase de una formación que podría necesitar en el futuro. El Barcelona tenía la Masía. El Madrid no podía competir con eso. Y Lendoiro, que le prestó la camiseta para el torneo, ni tenía articuladas sus categorías inferiores. El presidente del Dépor se encargó de triturar su amor al equipo patrio con un injusto juicio a sus progenitores. La herida nunca se borró. En sus primeros días en Barcelona, Toni contaba ilusionado como había logrado hablar con un tal Andrés, que le entusiasmaba. Le apellidaban Iniesta. La competencia apretaba y se quedó sin sitio. Apareció el Celta. La oportunidad de volver. Toni se agarró a ella y fue uno de los emblemas de un brillante equipo juvenil. Se acostumbró a ser otra vez protagonista. Eusebio lo catapultó sin apenas pernoctar en el filial. Las prisas por regresar a la élite cuánto antes volvieron a dejarle sin minutos. Se fue cedido al Huesca, que regresó a por él con insistencia hace dos meses. Se hubiese marchado con gusto para jugar pero Herrera le cerró la puerta. Lo quería en el Celta. Le prometió minutos a cambio. Toni ha demostrado que hace falta. Que tiene sitio. Que nunca desentona. El estudiante de Químicas cobra menos que cualquiera, una injusticia que aboga su discurso paterno. Sería absurdo regalarlo ahora.