Somos un país resultadista, una montaña rusa que pasa del placer absoluto al pánico más terrible. Somos un ejemplo del cambio total de humor, del blanco al negro, con apenas una nota de diferencia. Ahora, subirse al carro de Pablo Laso es lo fácil, lo sencillo. Pero ese es el grado de afinidades habituales en el deporte: la ley de la moda.
Sin embargo, el estilo de Laso al frente del Real Madrid ha ido pasando cribas. El primer paso fue su elección. Una en el haber de Alberto Herreros, director deportivo del club merengue. Amistad forjada en los vestuarios, en las victorias y derrotas. Apostó firme por alguien «inexperto», pero conocía a fondo su juego, su visión, su básket. Asumir el reto del banquillo del Real Madrid no es simple. Una sección abocada al caos, al paso del mayor de los triunfos (la última liga de Herreros y su triple en Vitoria), al desconcierto de la deserción de Messina.
Laso Pepe, el padre, ha forjado con sus ideas a Pablo. Pepe es el defensor por antonomasia de la mejora del jugador. De pelear cada día, cada entrenamiento por mejorar tus fieles. Miles de charlas, de conversaciones donde el baloncesto lo es todo, han creado el libro de juego de Laso Pablo, el hijo. El Madrid ha apostado por un juego veloz, por asumir el reto de no conservar la pelota si estás en disposición de anotar. Se acabó la racanería. El tan insistido estilo plavi ha causado dura mella en el baloncesto europeo en la última década.
Laso, Pablo, ha decidido emprender un camino de espinas. Con la soga al cuello en la Euroliga, donde no depende de sí mismo para alcanzar los cuartos, ha puesto nuevos aires en pos de un baloncesto que cautive a jugadores, seguidores, periodistas y dirigentes. Hoy, todos nos subimos a ese carro. Lo valiente era haberlo sido hace 7 meses. Una advertencia, llegarán malos tiempos, porque ya se sabe, la perfección es algo imperfecto, perecedero, con un final a corto o medio plazo. Que se lo digan estos días a Guardiola.