El partido número mil de Roger Federer en el circuito, cumplido ayer, nos hace recordar la evolución de aquel campeón júnior que empezaba en 1998 hasta convertirse en el tenista con mejor palmarés. ¿El mejor de todos los tiempos? En mi opinión, es imposible comparar épocas diferentes, y se hace extraño escuchar esa rotunda afirmación de un jugador que, en lo mejor de su carrera, ha perdido 17 veces con un rival de su misma generación, Rafa Nadal. Pero, al margen de titulares grandilocuentes, resulta indudable su enorme aportación al deporte en general.
Representa como nadie la figura del gentleman: un deportista con una exquisita educación y elegancia. Dotado de una técnica depurada y un físico ideal, el joven Roger cambió sus excentricidades para repetir los éxitos en el circuito profesional. El coste de este logro (un gran autocontrol que permite desarrollar sus habilidades sin desconcentrarse), se ha comprobado en sus reacciones tras casi todas sus finales: un llanto liberador de la gran tensión acumulada.
Su palmarés es impresionante, pero lo más admirable es la forma de conseguirlo: con un impecable comportamiento dentro y fuera de las pistas: ha sabido ganar y comandar la clasificación mundial sin arrogancia y con total respeto hacia sus rivales, y ha sabido perder con la misma caballerosidad. La belleza de su juego, y su saber estar, le han convertido en ídolo de los aficionados de todo el mundo, y en el preferido de las pistas centrales de los cuatro grand slam. Ese reconocimiento unánime no se había producido nunca en el tenis.
Espectacular para el público; ídolo y espejo de los niños y jóvenes; un regalo para los entrenadores, la trayectoria del suizo no se detiene en esos mil partidos, pero han aportado al tenis un maravilloso ejemplo de elegancia en sus movimientos y en la ejecución de sus golpes, y al mundo del deporte en general, la encarnación de los valores que constituyen su verdadera esencia.