El gallego Jonathan Carril narra la vida en un club al borde de la desaparición
20 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Mientras el Barcelona agigantaba el domingo su leyenda en Japón, al mismo tiempo que el fútbol exhibía su cara más brillante, el delantero gallego del Palencia Jonathan Carril todavía desconocía si cobrará la nómina de este mes. Él está viviendo en el lado amargo y más sombrío del mundo del balón. Donde no hay deportivos de lujo, ni casas en urbanizaciones exclusivas, ni estadios abarrotados con la afición coreando tu nombre. Forma parte de ese nutrido grupo de operarios del esférico que cada domingo salta al terreno de juego con la vida aún sin resolver. Apenas se habla de ellos, pero son la mayoría entre quienes se visten de corto. Quizás, aunque no única, la situación que atraviesa el club de Jonathan Carril es más desesperada de lo habitual.
Asfixiado por las deudas, que se calculan en más de un millón y medio de euros, camina al borde de la disolución. Desde el verano, a los futbolistas no les abonaron más que «una pequeña parte» de lo que figura en los contratos. Para algunos, demasiados meses. «Los que somos de fuera debemos pagar el alquiler de nuestros pisos y cuando el equipo no te ingresa el salario tienes que tirar de los ahorros o, incluso, recurrir a otros compañeros», comenta Carril, quien agrega: «De hecho, dos jugadores de la plantilla no aguantaron más y decidieron marcharse a casa. Habían llegado al límite».
Abandonar el equipo
Reconoce que él también se ha planteado la posibilidad de dejar el Palencia. Sin embargo, la cena que el conjunto castellano celebró la semana pasada para recaudar fondos ha servido para dar un respiro. «Parece que llegará para cobrar antes de Navidad». En la gala del club, retales del hemisferio de las estrellas. Cristiano Ronaldo, Messi y Falcão colaboraron donando camisetas firmadas para la ocasión. Objetos de culto para realzar la iniciativa y tratar de suturar algunas de las heridas que desangran económicamente al equipo.
«Hemos llegado a costearnos los desplazamientos a los partidos. Las empresas y las instituciones de aquí también nos están echando una mano, pero no sé... Por ahora, todo está en el aire», relata el delantero de O Boqueixón con un tono pesado. El mismo tono que emplea quien ha explicado más veces lo que es sufrir la lacra del impago.
Después de pasar por las canteras del Deportivo de A Coruña, Atlético de Madrid y Levante, el jugador aterrizó en el Racing de Ferrol, un equipo modélico en el abono de las nóminas, pero con un consumado aprecio por la renovación de las plantillas. Aguantó de verde poco más de una temporada. Luego militó en el Linares, justo antes de que el club jienense desapareciese. Llegó a acumular una deuda de 1,5 millones de euros, similar a la que ahoga al Palencia. Fue su primer descenso al fútbol miserable. «Es demasiado habitual que en España en categorías como la Segunda B, los clubes no paguen lo que prometen».
La marcha a Europa
Entonces le surgió la oportunidad de marcharse a Austria. «Allí -explica- los equipos también tienen sus problemas, pero son escrupulosos a la hora de abonar los salarios». Sin embargo, optó por volver a España porque «el reto deportivo» era «superior». Además, quería encontrar un hueco en su país. Sin embargo, tropezó de nuevo con el papel mojado, con la arista hiriente del deporte rey.