Hay un detalle en el que me gusta fijarme cuando analizo a un portero. Se trata de una cualidad difícil de cuantificar, pero que sabes que está ahí, que la percibes. Es la seguridad que transmite cuando no tiene que intervenir, cuando el juego se desarrolla lejos de su portería. El manejo de esta virtud es precisamente lo que, a mi juicio, ha convertido a Roberto Fernández en un guardameta notable. Lo he visto muchas veces sobre el césped. Incluso me he enfrentado contra él cuando yo entrenaba al Nástic y siempre me ha llamado la atención la tranquilidad que aporta al equipo. Sus compañeros saben que tienen las espaldas bien cubiertas.
Además, cuando le toca resolver las acciones de peligro, Roberto es muy rápido. Después de un bache en el Osasuna, en el Granada ha vuelto a ser el que nos tenía acostumbrados y está firmando encuentros dignos de mención. Rápidamente se me viene a la cabeza el del pasado fin de semana en San Mamés. Estuvo a un nivel impresionante. Transmite la sensación de que progresa cada día.
He preguntado por él en numerosas ocasiones y siempre he recibido la misma respuesta: tanto en el apartado profesional como en el personal, un diez.