Ya podemos comprar billetes y preparar las vacaciones en Londres. Como una peli de intriga con final feliz, España necesitó superar el pánico para resolver el galimatías en el que Macedonia y la mente nos metieron. La presión se ha fumigado.
Macedonia es amor, que decía el filósofo, pero añado que hay amores que matan. Y de un amorío frugal, hay otros que marcan para toda la vida... para mal. Dicen que la cara es el reflejo del alma y nuestra selección tenía una carita hasta el descanso, que ¡buff!. Los macedonios eran el espejo de todo sueño deportivo. Estudio psicológico de superación, fe, esfuerzo sin límites y baloncesto inteligente. Escondió de forma perfecta todos sus defectos.
Nosotros, un mar de dudas, de precipitación, de no defensa, de ansiedad y solo ser tan superiores en casi todo, nos dejó con vida al llegar la reflexión. Por cierto, ¿a quién no quería Francia en semis, a Lituania o a Macedonia?
Navarro, dícese de aquel ser humano que desconoce miedo, presión o nervios. Un gen ganador descomunal, un repertorio inagotable, en fin, mi fondo de armario de adjetivos es tan escaso que no se cómo expresar lo que ayer Navarro fue otra vez. Con él al frente, nos fugamos por 10 puntos al terminar el tercer acto y de ese paso logramos descansar los últimos 12 minutos en ese colchón. Sin defensa, pero con ataque. Por eso los macedonios batieron su récord de anotación. Insuficiente para el premio del oro y los Juegos Olímpicos. El método puede respirar. Estamos en la final.
¡Qué gozada!