Adiós al último grito del Dépor


a coruña / la voz

«Algunos tienen que darse cuenta de que esto no es un cachondeo». El último grito de Lopo, aquel público aviso a navegantes que lanzó después de que el Dépor abriese la Liga con ocho jornadas sin ganar, aún resonaba ayer en Abegondo, cuando el defensa, después de cinco temporadas como deportivista, escenificó su despedida tras confirmarse la semana pasada que jugará en el Getafe.

Después de cinco temporadas, al equipo coruñés le faltará el liderazgo de su último mariscal. Esa capitanía sin brazalete que heredó de Coloccini cuando este fue traspasado al Newcastle inglés. Sus estilos no se parecían en absoluto. Al volcánico argentino le sucedió un estilo más flemático y que prefería responder a todas las preguntas en la competición, sobre el césped, antes que los grandes discursos en el vestuario.

Quizá proceda de esta competitividad máxima la fama de futbolista duro que arrojan las estadísticas. Tras trece temporadas en Primera se destaca como el jugador en activo con más tarjetas rojas, once, y el segundo con más amarillas (127), por detrás de Albelda. En el Dépor blando de las últimas campañas el central portó el machete. «Muchas tarjetas eran por el ímpetu de la juventud. Y el mal carácter que uno pueda tener en un campo lo sobrepasaba, así que es normal que me expulsaran o me sacaran demasiadas amarillas», explicaba en un reportaje de La Voz.

Durante la semana poco o casi nada importaba que Lopo se entrenase. Ni aquellos problemas de espalda (se operó de hernia discal en abril del 2008), ni esas lesiones musculares que asolaron el vestuario deportivista en los últimos tiempos (a él le afectaron especialmente en el sóleo de la pierna derecha) terminaron por tumbarlo. Jugó muchas veces con dolor -«aunque me esté muriendo siempre quiero jugar», declaró en más de una ocasión- y hasta en contra del consejo de los médicos -«lleva una bomba de relojería en la columna», llegó a decir Arriaza de su maltrecha espalda-, pero todos sabían que el futbolista sería titular en el partido del domingo y, a buen seguro, uno de los destacados de su equipo.

Con Lotina

Llegado al Deportivo en el 2006, su compromiso sobre el campo siempre estuvo fuera de toda duda. Antes de llegar a A Coruña impartió la primera lección. Lopo (5-5-80, Barcelona) se vinculó en febrero, cuatro meses antes de que expirase su contrato con el Espanyol. Poco después los dos clubes se enfrentaron en las semifinales de la Copa y el jugador, que a la temporada siguiente iba a defender el escudo deportivista, lideró el pase de su equipo a la final, en la que terminaría levantando el trofeo.

Por aquel entonces se fraguó su estrecha relación con Lotina, con el que compartió, además de aquellos dos años en el Espanyol, las cuatro últimas campañas en el Dépor. Su amistad pasó a la esfera pública con el abrazo que se dieron el 30 de octubre del 2010, cuando tras ocho jornadas sin ganar Lopo abrió el triunfo sobre el Espanyol y corrió al banquillo a celebrarlo alborozado con el técnico. «Nos conocemos con una mirada. Me ha visto de todos los colores: bien, mal y, sin duda, es una persona de las más importantes en mi carrera», explicaba en aquellos días. Sin duda, su marcha o la de Juan Rodríguez, con quien compartió habitación en los desplazamientos, influyó en el adiós.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos

Adiós al último grito del Dépor