No es rubia, y nadie la confundiría con una modelo, pero Francesca Schiavone tiene motivos para sonreír desde esa profunda normalidad que encarna en el tenis. «Fue maravilloso, estoy muy feliz», dijo con los ojos brillantes y los dientes bien blancos la italiana, triunfante ayer en el partido más largo de la historia femenina en citas del Grand Slam: cuatro horas y 44 minutos de tenis puro.
«Bravo», se dijo a sí misma cuando vio que el reloj del marcador mostraba que llevaba ya cuatro horas y 20. «Me sentía muy bien físicamente, me sentía fuerte, grande», explicó la jugadora de 30 años tras ganar por 6-4, 1-6 y 16-14 a la rusa Svetlana Kuznetsova.
«Sólo quiero beber agua, no quiero nada más», soltó agotada la campeona de Roland Garros tras ganar el duelo interminable después de salvar seis bolas de partido. Un dato da idea de la batalla bajo el sol en el final de la tarde australiana: el set final duró exactamente tres horas.
Schiavone es dueña de un tenis de otra época, un revés a una mano con el que mueve a sus rivales por toda la cancha y una sensibilidad en la muñeca que le permite puntos con los que la mayoría de sus colegas ni siquiera se atreven a soñar.
La interminable batalla de Melbourne se quedó a solo un juego de igualar la marca con más parciales disputados, que tiene el duelo que la estadounidense Chanda Rubin ganó a la española Arantxa Sánchez Vicario en 1996 por 6-4, 2-6 y 16-14.