Floyd Landis anuncia su retirada definitiva
19 ene 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Parecía el protagonista del sueño americano. La de un humilde chico californiano criado en una granja, una especie de amish que rompe las ataduras impuestas por una familia menonita para conquistar París. Pero el cuento de Floyd Landis (Farmersville, 1975) no tenía un final feliz. Porque detrás de la gesta que lo llevó a la cima de los Campos Elíseos estaba la testosterona, pero la exógena, la que se desprende de parches dopantes. Fue desposeído del Tour 2006 y, con el tiempo, los honores del ganador recayeron sobre el gallego Óscar Pereiro, que había sido su compañero y amigo en el Phonak. La grande boucle quedó herida de muerte. Después, Landis se resistió a bajarse de la bici, a abandonar el ciclismo. Hasta ayer. «He estado cinco años intentado buscar un sitio, pero nunca pude volver. Tiene que haber más vida que esto», dijo.
Landis se va dejando un rastro de amargura, asegurando que que está casi seguro de que «el ciclismo no tiene arreglo», pero que ya no le importa porque no es su lucha. En su deporte, interpretó todos los papeles posibles. Empezó como corredor de bicicleta de montaña. Fue el gregario fiel al servicio de Lance Armstrong. También ejerció de líder del Phonak, un hombre dispuesto a ganar una gran vuelta. Parecía un jefe de filas ebrio de orgullo lanzando un ataque irracional y épico, bello y suicida, para revivir en un Tour que tenía perdido. Y se mostró como exultante vencedor en el peldaño más alto del podio de París, provocando las lágrimas de su patrón. Pero pasó a ser un corredor cazado, el único campeón del Tour desposeído de su triunfo. Defendió su inocencia y buscó mil excusas. Dijo que su organismo producía aquella hormona (imposible, siendo exógena), más tarde recordó que había ingerido grandes cantidades de alcohol en la jornada anterior a la etapa en la que dio positivo y, en una última pirueta, cargó contra los laboratorios que realizaron el análisis.
Inició una batalla legal que aplazó el reconocimiento de Pereiro como ganador, pero que el americano acabó perdiendo en todos sus frentes.
Después se sintió hijo pródigo. Intentó volver al pelotón. Al cumplir sus dos años de suspensión por dopaje se incorporó al Ouch, un equipo estadounidense impulsado por un amigo.
Confesión y acusación
En el 2010, cuando había perdido protagonismo, volvió a elevar su voz. Pero esta vez para transformarse en un ciclista arrepentido y delator. Confesó su culpabilidad y la expandió a otros. Apuntó con dedo acusador a Armstrong y a otros de sus ex compañeros de aquel US Postal que Johan Bruyneel había convertido en una apisonadora. «Dopaje organizado», aseguró. El heptacampeón del Tour lo negó apoyándose en la escasa credibilidad de Landis. Pero las autoridades norteamericanas iniciaron sus pesquisas.
El último papel que interpretó fue el de detective. Colaboró con una investigación federal grabando con una cámara oculta imágenes y declaraciones supuestamente incriminatorias que relacionaban con el dopaje al patrón del equipo Rock Racing, Michael Ball. Trabajó junto al agente Jeff Novitzky, que aportó pruebas clave en el caso Balco, la trama de dopaje en el atletismo estadounidense cuya revelación supuso el final de Marion Jones. Landis se va por la puerta de atrás. Pero parece que no quiere marcharse solo.