Ajuste de cuentas en el minuto 82

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN/LA VOZ.

DEPORTES

Más que un partido, lo que se dio ayer en El Molinón fue un ajuste de cuentas. El fútbol duró poco. Pudo ganar cualquiera, pero lo hizo el Madrid con gol de Higuaín y al final. Probablemente, sea el comienzo de una gran rivalidad. Salió el equipo blanco a defender el liderato y el Sporting, el honor. En principio, lo intentaron a ras de suelo, con el cuero pegado al césped, como suelen ambos. Los asturianos arrancaron con una intensidad que mantuvo controlado el dominio rival. Preciado formó con dos gallegos (Castro y Novo) y treinta mil astures dispuestos a hacer de cada momento el último.

A los catorce minutos, la lucha de titanes se saldaba con un par ocasiones blancas (Higuaín, al palo; Di María, a medias) y un Sporting que no se arredró, se apoyó en Botía y se lanzó hacia adelante por medio de Diego Castro, que tuvo la suya, buscando las fragilidades de Marcelo. Un cuarto de hora más tarde, la tensión impedía que ambos equipos acusasen el derroche físico. Un partido como los de antes, salvo por un detalle: el grande jugaba al chico al contragolpe.

Pero de pronto surtieron efecto las palabras de Mourinho y Preciado. El Molinón elevó su temperatura y en plena ebullición, se evaporó el fútbol. Los últimos quince minutos se dedicaron a empujones, codazos, pisotones, objetos arrojados desde la grada, insultos y demás gestos que acabaron con el espectáculo deportivo. Los jugadores se agitaban sobre la hierba, Preciado se revolvía en su banquillo, Mourinho en el palco y la tribunona clamaba venganza. El descanso, un alivio.

Regresó el fútbol y el Madrid se inclinó hacia Juan Pablo. A los cuatro minutos, el meta sacó una buena mano ante un envío de Di María cruzado y dentro del área. Buena señal para el espectáculo. La inercia blanca se prolongó varios minutos más. El Sporting, más de gambetear que de pegar, respondía como sabe. Sangoy era el más activo, incluso a balón parado. El mano a mano entró en un agujero negro que se lo tragó todo: el fútbol y la tensión extradeportiva. Entró Benzema. La dinámica de la indolencia se apoderó del partido, con el Madrid como principal damnificado. Se alejó de Juan Pablo, algo que no aprovechó el Sporting para aproximarse a Casillas.

Allá por el minuto 67, arreón puntual de los que estaban dormidos, como consecuencia de sendas pérdidas de balón en el mediocampo. Primero, Higuaín erró solo ante el portero. Después, Sangoy la envió a centímetros del poste. El balompié dejó de ser deporte de equipo, las bandas desaparecieron y el gol se alejaba. Pero Benzema insistió en dos ocasiones. Y a la tercera, cabeceó un centro de Ramos a la línea de gol y aprovechó el rechace Higuaín. Cero a uno, minuto 82. Uno después, Barral tuvo el empate emulando al francés, pero Casillas se inventó una de sus manos santas. Final feliz para el Madrid.