El deportivismo ha vivido una semana cargada de gestos y de emociones: visita de los blues a Abegondo; comunicado de Lotina; reunión de la plantilla con un psicólogo; conjura de los jugadores en la intimidad del vestuario... Fue un repertorio variado con una única finalidad: ganar al Osasuna.
Con el equipo como colista, vencer en casa es especialmente necesario, pero no deja de sorprender el tremendismo en el que se ha instalado el Dépor en estos albores de la Liga. Unos y otros han convertido un encuentro importante en un choque angustioso a vida o muerte en la ¡séptima jornada! El discurso que rodea al equipo desborda dramatismo y exageración. Y las medidas que se han tomado son más propias de la desesperación que de la situación real. Se ha apelado a la épica, al amor a los colores, a la unión... a un montón de intangibles más adecuados en las situaciones críticas y que suelen ser el último recurso. En cierta medida, el Dépor se ha saltado varios pasos en lo que es el proceso natural de una crisis. La apuesta es fuerte. Se trata de gastar casi toda la munición desde el principio para salir cuanto antes del pozo.
Y una vez aquí, convertido el partido en una finalísima no queda otra que ganar al Osasuna e impedir que la angustia se instale entre un deportivismo que se merece más de lo que le dan.