El ciclismo es generoso produciendo hijos pródigos. Aunque ninguno como Mark Cavendish. Un británico que no tiene rostro de ciclista. Lo admiten los propios corredores. En el pelotón, sobre todo cuando una gran vuelta se va consumiendo abundan las caras con aristas, limadas por la carretera, exprimidas por el sol. No es el caso del velocista de la Isla de Man. En más de un sentido, Cavendish se parece más a Wayne Rooney que a Lance Armstrong en los rasgos físicos. Y en las turbulencias. En el 2009, a los 24 años, reinó en las llegadas masivas del Tour, con seis triunfos. Comenzó esta temporada mal y a rastras debido a la infección provocada por unos arreglos dentales. Aireó sus angustias en un tabloide inglés. Que si su salud, que si su hermano encarcelado por tráfico de drogas, que si el accidente de un compañero, que si la ruptura con su novia... En abril, al cruzar la línea de meta de Friburgo, en la Vuelta a Suiza, celebró su victoria con un corte de mangas dedicado a los que lo habían enterrado de forma prematura. En esta grande boucle parecía que había perdido ese arranque arrollador. Pero ayer volvió entre lágrimas. La oveja descarriada del rebaño del pelotón. El hijo pródigo.