El mallorquín, con un tenis desatado e inteligente, supera a Berdych sin ceder un solo servicio y celebra su segundo título en Londres
05 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.No tuvo la épica de otros grandes triunfos, porque se ha quedado sin un rival a su altura. Tal es la superioridad de Rafa Nadal, que ventiló su segundo título en la final de Wimbledon con un control asombroso. Enfrente estaba un consumado sacador, un pegador inclemente desde el fondo de la pista, un gigante de 1,96 metros que encogió al mirar de frente al tenis demoledor del mallorquín. Con una agresividad felina, arrolló a Tomas Berdych, el mismo que había despachado antes a Roger Federer y Novak Djokovic, por 6-3, 7-5 y 6-4 en dos horas y 13 minutos. Con la naturalidad del que respeta el protocolo pero sabe saltárselo con su felicidad espontánea, Nadal estrechó la mano del checo y celebró el triunfo con una inusual voltereta sobre la pista. El público de Londres agradeció la frescura del campeón, aquel niño que siempre quiso triunfar en el All England Club. Recién cumplidos los 24 años, ocho grandes le contemplan, ¡y los que están todavía por llegar!
Un estratega
Sin abrazar el estilo de saque y volea que se asoció históricamente a Wimbledon, Nadal completó una actuación fabulosa con sus grandes señas de identidad. Pega con una potencia descomunal, pelea cada bola hasta los límites de su cuerpo y somete a sus rivales con su poderío mental en los grandes puntos. Todo eso lo hizo en la final frente a Berdych. Pero, además, como gran estratega, Nadal orquestó el partido que más le convenía. Sirvió con inteligencia para marcar siempre el ritmo en sus juegos, moviendo al espigado tenista checo, zarandeado y sin respuesta. Restó con una valentía y precisión que nadie ha tenido en las dos últimas semanas frente a Berdych, que envía pelotazos con sus saques por encima de los 220 kilómetros por hora. Y alternó golpes en los que rompió la bola con su derecha, con la intensidad que solo él sabe imprimir, con trampas de revés cortado.
La igualdad duró seis juegos
Con ese planteamiento, solo el servicio sostuvo a Berdych hasta el 3-3 inicial. Nadal abrió entonces la primera gran grieta en el partido y sentenció el set con autoridad, ofreciendo un festival ofensivo y, al mismo tiempo, sin cometer apenas errores.
Sacudida la tensión del primer set, Nadal salvó a continuación una mínima situación de peligro al inicio del segundo, mantuvo su discurso con algún (lógico) error más y, situado ante otro momento clave, con 6-5 a su favor, ganó en blanco el juego de servicio del checo. Las diferencias entre el campeón y el finalista se agrandaban en los momentos en que el partido se tensaba.
Solo si Berdych fuese un elegido para el tenis, como aquel Federer en la final de Miami 2005, estaría en condiciones de abordar una gran remontada desde las catacumbas del marcador, con dos sets en contra. Y el checo, que persigue una plaza estable entre los diez primeros, todavía está por ver si se convierte en un verdadero rival a medio plazo para el español, que finiquitó la final en otro momento clave.