Nunca a un entrenador se le ha concedido tanta importancia como a José Mourinho. El portugués está a un paso de comenzar una etapa para la que parece que se ha preparado toda la vida, un plan perfectamente diseñado durante años. Primero, en Barcelona, ninguneado por la prensa y como ayudante de Robson y Van Gaal; después, ya en el Chelsea, con su estudiada teatralidad en los duelos con el Barça; y por ultimo, acaparando todos los focos en la eliminatoria en la que apartó de la final de la Champions al conjunto culé.
Mou es más importante que cualquier proyecto, es el hombre en que Florentino Pérez va a depositar las urgencias acumuladas durante cuatro temporadas en blanco. Al presidente del Madrid nunca le han preocupado los banquillos, incluso ha despreciado a sus inquilinos en más de una ocasión. A Del Bosque, ese anticuado y discreto hombre de club que conquistó Liga y Champions; o a Pellegrini, el empleado modélico masacrado con saña desde antes de comenzar la temporada y al que nunca le procuró el cobijo necesario. El entrenador era un mal necesario, un capataz sin autoridad frente a empleados millonarios, caprichosos y consentidos; en cualquier caso, un blanco fácil al que responsabilizar de los fracasos.
Para Florentino Pérez, el origen de los males no reside en gastar 250 millones en una planificada operación de mercadotecnia o en despreciar las peticiones del entrenador. Falla el capataz, no el arquitecto.
Hasta que Mourinho eliminó al Barcelona. El portugués no vende camisetas, pero su arrogancia genera tanto ruido como las figuras a las que entrena. Cualquier argumento sirve para defender el desembarco del portugués en el Bernabéu. Ganador, buen estratega, animador mediático... Mourinho sabe cómo hacerlo. Conquistó la Champions con el Oporto y con el Inter, erró con el Chelsea. La última frontera. El Madrid se ha puesto en manos de Mou, del hombre que desafió al Camp Nou, del Capello del siglo. ¿Y si falla?