No hizo falta empeñar el club. Tampoco buscar padrinos en el banco que financiaran un traspaso récord. Bastaron unos 12.000 euros en hormonas y un garabato en una servilleta de papel. De ahí, a seis títulos de una tacada y un paso más hacia una segunda Champions consecutiva. Todo asido a las piernas de un fenómeno que apenas levanta metro setenta.
Poco importa el tamaño cuando un par de quiebros, un pase de espaldas o un disparo seco a la media vuelta pueden tumbar a un equipo de fornidos alemanes. Messi prosiguió ayer lo que empezó el domingo ante el Valencia.
Él mismo había advertido de la necesidad de tomarse la debacle del Real Madrid ante el Lyon como un serio aviso para la vuelta ante el Stuttgart, así que se metió pronto en faena. En el minuto 13, después de unas cuantas jugadas de intrascendente tanteo, el 10 enganchó el balón y echó a correr. No hizo falta más. Sus dos marcadores fueron reculando sin atreverse a meter el pie. En cuanto se arrimó un tercer defensa y ya en la frontal del área, Messi soltó un zurdazo a la escuadra de Lehman.
El 1-0 no espabiló a los germanos, así que el Barça siguió a lo suyo y la Pulga volvió a aparecer nueve minutos después. En esa ocasión, para leer la irrupción de Touré y largarle un pase sin mirar que el marfileño completó asistiendo a Pedro. El canario hizo el segundo y el Stuttgart bajó los brazos aún antes de haberlos levantado dejando el terreno abonado para la goleada.
Ibra, en el banquillo
Guardiola desterró a Ibrahimovic del once y así los suyos ganaron en movilidad, con Henry hipermotivado tras su excelente papel del pasado domingo. Sin el sueco, la zaga alemana perdía la única referencia fija del Barça en ataque y tenía que multiplicar sus carreras. Los centrales necesitaron avanzar varios metros para no perder las marcas y evidenciaron su falta de velocidad. El balón se movía en terreno visitante y la defensa culé, con Puyol y Piqué apercibidos de suspensión, no sufrió en absoluto. Los de Christian Gross apenas chutaron una vez a puerta en todo el encuentro.
Todo lo contrario que el Barça, cuya tripleta de ataque confirmó en la segunda parte la enorme superioridad exhibida en la primera. Fueron cuatro goles pero bien pudo caer alguno más, con Lehman demostrando que la edad no le ha privado de todas sus facultades. Después de que Messi hiciera el 3-0, girándose perfecto para chutar desde la frontal, el meta germano le negó un segundo hat trick consecutivo sacándole un remate fácil de cabeza y aguantando bien en un mano a mano, al que se llegó tras un eslalon fenomenal del argentino.
Ni siquiera importó la ausencia de Xavi, lesionado para un par de semanas, ya que entre Busquets e Iniesta se las arreglaron para organizar el juego culé, al que al final se sumó también Ibrahimovic. No aprovechó el sueco que los suyos estaban lanzados para ganar crédito a base de goles, algo que sí logró Bojan al minuto de entrar al campo. Un 4-0 inapelable que no dio lugar a fantasmas blancos.