El Lobelle está ante la segunda final de Copa de su historia, y esta vez al calor de una afición que empujó e insufló fuerza como nunca para dejar al poderosísimo Inter Movistar en la cuneta, como ya hiciese en Vigo en la Supercopa. Quizás sea todavía mayor el valor de la victoria de ayer, porque el rival venía con otra cara y con todo su arsenal.
Por potencial deportivo y por presupuesto, el Lobelle apenas tendría chance. La máquina verde empezó con un cinco inicial integrado por cuatro campeones del mundo con Brasil y el considerado mejor portero del mundo, Luis Amado. Y cuando empezaron las rotaciones siempre entraron jugadores internacionales, con España o con la canarinha. Entre los recambios santiagueses asoman la insolencia y el atrevimiento de un plantel integrado en un cincuenta por ciento por sub-23.
El partido se le puso de cara al colectivo de Tomás de Dios, porque a los dos minutos encontró el gol de la fe, la del equipo y la de Leitao. David porfió por un balón intrascendente, lo prolongó hacia el área de Luis Amado y el pívot metió la puntita de la bota. El rebote le favoreció y, solo, empujó a la red.
El Lobelle tuvo la gran virtud de saber jugar en función del marcador y de sus recursos. Apretó los dientes en defensa, buscó las anticipaciones, no dejó que el Inter pudiese combinar con comodidad y, en cuanto se le presentó la oportunidad, enseñó los dientes en ataque, bien con transiciones rápidas originadas en algún robo de balón, bien cogiendo la escuadra y el cartabón para hacer planimetría en el rectángulo de juego.
El conjunto santiagués mandaba en el marcador; el rival, en el juego. La posesión era suya, cada vez defendía más arriba y apenas dejaba que el Lobelle pasase del medio campo. El Lobelle tenía el partido donde quería, porque obligaba al Inter a correr, sobre todo para atrás.
Tras el descanso, el Lobelle salió con la intención de, al menos, equilibrar el tiempo de posesión del balón. Y lo consiguió. El partido vivió un punto de inflexión en el minuto 35. Betão reclamó falta a un par de metros del área. Eka salió como una flecha, se apoyó en Rubi y el canterano, como si fuese un auténtico veterano, supo aguantar el momento justo para devolverle el balón al pívot brasileño, que fusiló.
La afición, que no dejó de animar y alentar durante todo el encuentro, subió los decibelios e incluso se atrevió con la ola, porque el Inter Movistar no transmitía excesivo convencimiento. Acortó distancias con algo más de un minuto por jugar, pero la reacción no pasó de ahí.