Un empate digno, incluso rácano para el esfuerzo de un Celta que plantó cara a un submarino amarillo pragmático. Los castellonenses querían marcar en la ida de los octavos del final y lo consiguieron con prontitud. Después aguantaron sin excesivos problemas a un equipo celeste voluntario, entregada y dominador que no creó demasiado peligro. Al menos, Arthuro apareció por primera vez en la temporada para firmar un empate que permite al pez chico llegar con vida al partido de vuelta.
La ilusión y los buenos propósitos del Celta parecían difuminarse a los once minutos. Justo en el momento que el Villarreal sacó a pasear su calidad para que un pase de Cani con resolución de Rossi pusiese en franquicia el envite para el grande. Para un submarino amarillo que en los diez primeros minutos asistió como espectador al muestrario de juego combinativo celeste bajo la batuta de un Trashorras liberado de ataduras y sin ninguna marca en un puñado de metros a la redonda.
Una de las premisas locales era no encajar para seguir con vida. Y esa teoría se vino abajo a las primeras de cambio. Por eso el Celta más gallego de toda la temporada -con ocho jugadores autóctonos en el once inicial y con el lateral Víctor Vázquez como principal novedad- acusó el golpe y aunque tuvo el balón careció de todo vestigio de profundidad. Apenas atacaba. Lo hacía cuando aparecía un Aspas que terminó lesionado y cuando Abalo no se empeñaba en repetir hasta la saciedad sin ningún éxito la misma jugada.
La única opción de meterse en el partido ante un Villarreal tan bien plantado como apático era a través de la estrategia, y por ahí avisó Túñez tras un saque de córner. El siguiente cabezazo fue para dentro. Lo marcó Arthuro, que al fin se estrenó después de escuchar una sonora pitada del público cuando entró en el partido. La asistencia magistral de la falta correspondió a Trashorras. El tanto calentó a los locales y provocó dudas en los amarillos, beneficiados por el toque de campana del descanso.
Idéntica ambición
El Celta mantuvo la ambición a la vuelta del vestuario. Arthuro parecía otro delantero en el mismo cuerpo, Botehlo ponía el toque con sus taconazos y Abalo fabricó una jugada que pudo valer el segundo, pero Botelho quiso rematar con su pierna mala y no atinó. Con sus limitaciones el Celta estaba bailando a su rival y Valverde no se cortó a la hora de meter un centrocampista defensivo para cortar la sangría. Metió a Bruno y poco después buscó el goleador de moda Fuster. Después incluso sacó a Cazorla.
Daba igual, el Celta siempre a lo suyo. A presionar con las pocas fuerzas que le quedaba en el centro del campo y a intentar sorprender en una llegada rápida a su rival.
Mientras, los castellonenses se dedicaron a esperar, a tocar cuando podían para dormir el partido y a evitar el más mínimo riesgo. Tan conservadora era su apuesta que un tiro de David Fuster a falta de un cuarto de hora fue todo el bagaje del submarino en la segunda parte. Valverde se encomienda a la vuelta pero el Celta todavía no ha dicho la última palabra. Nada tiene que perder en el Madrigal.