El gran MacGuffin

DEPORTES

Dos hombres viajan en un tren. Uno le pregunta al otro: «¿Qué es ese paquete que ha colocado en el portaequipaje?». La respuesta es: «Oh, es un MacGuffin». El primero de ellos vuelve a preguntar: «¿Y qué es un MacGuffin?». El segundo dice: «Es un aparato para atrapar leones en las montañas de Escocia». Su interlocutor exclama: «¡Pero si no hay leones en Escocia!». A lo que el sujeto del misterio señala: «En ese caso, no es un MacGuffin». Así explicaba Alfred Hitchcock en sus conversaciones con Truffaut el término MacGuffin. La excusa que dispara el argumento, que mueve a los personajes, que desencadena el suspense. Para Hitchcock, el vacío, la nada. Ese maletín con el que la trama inicia su viaje. Esos documentos comprometedores. Ese Santo Grial.

Pero la realidad suele superar a la ficción. Y, en este apartado, el fútbol juega en otra Liga. No se dejan domar por las reglas que atan al resto de los mortales. Con alegres piruetas, se escapa de rutinas incómodas, como Hacienda. Arropa con sus alas a cachorros radicales de todos los colores. Disfruta del pelotazo fuera del campo. Ahora, Alemania ofrece una radiografía de una dolencia que era un secreto a voces. El amaño de partidos. El aficionado descubre con tristeza que unos doscientos duelos fueron solo un instrumento para las mafias de las apuestas. La épica recibe una puñalada mortal. El fútbol se convierte en un simple pretexto. Puro MacGuffin. Y los maletines son la clave. Pobre Hitchcock.