El chico guapo que casi se va al paro

M. F.

DEPORTES

Fue el niño mimado de Inglaterra y en el 2000 le llegaron la fama y el lujo, pero sin los resultados esperados, por lo que la marcha de Honda casi precipita su adiós a la F-1

18 nov 2009 . Actualizado a las 17:23 h.

Hace unos meses era el chico guapo del paddock . Y poco más. La fallida promesa de la fórmula 1 británica eclipsada definitivamente por el Mundial de Lewis Hamilton. Una sonrisa agradable y persistente que endulzaba un rendimiento que transitaba por la zona gris. Y, cuando el barco de Honda comenzó a hundirse después de un 2008 funesto, en el que finalizó en el puesto 18 de la clasificación de pilotos, su futuro quedó a la deriva. Hasta que Ross Brawn reflotó la escudería. En esta temporada la vida de Jenson Button (1980, Frome) ha dado un giro mayor y más veloz que cualquier vuelta rápida.

Como tantos otros pilotos, su padre le inoculó la adicción al motor. John le puso un nombre similar al de antiguo rival suyo de ralies, el danés Erling Jensen. Después lo introdujo en el mundo de los karts, esa primera guardería de pilotos. Un kart fue el regalo de su octavo cumpleaños. Para entonces sus padres ya se habían divorciado y a él le había tocado vivir con su progenitor. Confiesa que a partir de ese momento el colegio pasó a un segundo plano. Ya había elegido su camino. Y a los once años ganó más de treinta pruebas en el Campeonato Británico de la especialidad.

Inicios en Williams

En el 2000 aterrizó en el gran circo de la fórmula 1 con Frank Williams. Su padre, John, no pudo reprimir las lágrimas. Y Button, a los 20 años, mimado por la prensa y la afición de su país, pronto se sintió como una primma donna de este selecto universo. Se entregó con mayor velocidad y pasión al lujo que al asfalto. Pisando más el acelerador de su Ferrari particular que de el de los coches de sus escuderías. Navegando con más soltura en su yate que en los trazados. Logrando más éxitos como playboy que como piloto. Incluso fue etiquetado como el Beckham de los circuitos cuando se hizo novio de Louise Griffiths, ex concursante de la versión inglesa de Fama . Los dos comenzaron a airear detallles de su vida privada, como una «romántica declaración de amor» en Barbados. La gran boda, finalmente, fue cancelada.

El motor, su prioridad en la infancia y la adolescencia, parecía oculto detrás de la cortina de la fama. Su primer triunfo se hizo esperar. Ganó el Gran Premio de Hungría en el 2006. Demasiado tarde. Ya no era el chico soñado por los ingleses para triunfar en la fórmula 1. Porque los ojos de todos vigilaban el crecimiento de un tal Lewis Hamilton. Cuando Hamilton alcanzó la gloria con McLaren, la estrella de Button se apagaba totalmente para sus compatriotas. En el paddock se comentaba que aquel chico que había pasado por Williams, Benetton y Renault había colmado sus expectativas.

Pero más tarde el británico disfrutó de una segunda oportunidad en su carrera deportiva. Honda dijo adiós a la F-1 y él tuvo que reducirse el sueldo para correr en Brawn. Su arranque fue fulgurante. Ganó seis de las siete primeras carreras e hizo tambalear las normas no escritas de este deporte, el orden establecido. Se reinvindicó, volvió a lucir palmito ante los focos con su actual pareja, esta vez la modelo japonesa de ropa interior Jessica Michibata, a la que conoció en un bar de Tokio. Mostró su sonrisa más que nunca. Y declaró ser mucho mejor piloto de lo que los aficionados y los expertos habían creído. Aunque, en la parte final del campeonato, casi se le ajan los laureles.

Se declara enamorado del circuito de Spa y de sus zapatillas Converse, y se niega a elegir entre Ayrton Senna y Alain Prost. Admira al alemán Michael Schumacher y al estadounidense Lance Armstrong por su persistencia en el esfuerzo y en la victoria. Quizás porque encuentra en ellos ciertas virtudes que le faltaron a él en sus inicios en la fórmula 1. Pero ahora el principito inglés, que casi se convierte en mendigo, ya tiene su corona.