El día que Astarloza levantó los brazos

El corredor del Euskaltel ganó la segunda etapa alpina, en la que Andy Schleck atacó, pero no pudo con Contador.


Levantar los brazos. Es el sueño del fugado, el objetivo confeso del ciclista con el síndrome del triunfo esquivo, el corredor al que una y otra vez se le escapa la victoria, la gloria de un día. Y Mikel Astarloza por fin levantó ayer los brazos. El corredor del Euskaltel cruzó la meta de Bourg-Saint-Maurice debatiéndose entre la rabia y la alegría. La única vez que se vio en una situación similar fue en el 2003, cuando se impuso en el Tour Down Under. Quedaba ya lejos. Geográficamente y en el recuerdo. De ahí el arrebato.

Astarloza quiso triunfar con la potencia de sus brazos, pero fueron sus piernas las que le llevaron al deporte de élite. Su padre fue remero. Ganador de la Bandera de la Concha. Y él flirteó con la posibilidad de seguir aquella estela, idea que olvidó debido a la oposición paterna. Y eligió la vocación que había atrapado a muchos miembros de la familia de su madre. El ciclismo. Seguía las carreras de su primo, Íñigo Chaurreau. Él aprovechó aquella senda para alcanzar el profesionalismo. Pero tuvo que emigrar al AG2R francés para seguir el camino de las bicicletas, que le llevó después al Euskaltel.

Acabó noveno en el Tour de Francia del 2007. Se hizo habitual en las escaramuzas del pelotón. Sus intenciones quedaban claras. Pero le faltaba ganar. Lo consiguió en la segunda jornada alpina, tras sobrevivir a sus peligrosos compañeros de fuga, entre los que figuraban Sandy Casar, Fédrigo, Pellizotti, Karpets y Voigt, que fue hospitalizado tras sufrir una caída y perder el conocimiento durante varios minutos cuando descendía el Petit Saint-Bernard. Atacó a dos kilómetros y medio de meta y dejó atrás al puñado de rivales que todavía guardaban opciones para el triunfo, pero que naufragaban en la indecisión. El vasco, curtido en decepciones, no se fiaba y giró varias veces la cabeza buscando amenazas antes de celebrar su gesta.

«Tenía que llegar el día de mi vida», repetía Astarloza después de finalizar la etapa. Su victoria es el antídoto que necesitaba el Euskaltel después de la confirmación del positivo de Íñigo Landaluze en la Dauphiné por la utilización de epo de tercera generación.

Hundimiento de Cadel Evans

El ciclismo español, que suma ya tres triunfos en esta edición del Tour, sigue mandando también en la clasificación general. Alberto Contador se defendió sin excesivos agobios de los ataques de Andy Schleck. El luxemburgués del Saxo Bank se está convirtiendo en el animador de la montaña, tal y como había prometido. En la última ascensión, en las rampas del Petit Saint-Bernard, probó dos veces a los favoritos. Y consiguió romper el grupo de elegidos. Nunca puso en evidencia al líder de la carrera. También aguantaron Bradley Wiggins, cuya resistencia ya no sorprende, Nibali y Andreas Kloden. Pero tres ilustres cedieron a las embestidas del pequeño de los Schleck. Se quedaron atrás el australiano Cadel Evans, que se hundió en la general, Carlos Sastre y Lance Armstrong. Sastre y el estadounidense remontaron y finalmente cruzaron la línea de meta con el mismo tiempo que el maillot amarillo. Menchov ya juega en otra Liga inferior a la de los aspirantes al triunfo y está a una eternidad de los mejores.

Para conectar con Contador y Andy Schleck en la subida, el heptacampeón del Tour realizó una cabalgada en solitario hacia la cima digna de los tiempos en los que mandaba en las carreteras francesas, una exhibición de fortaleza física y mental. Cambió el ritmo y se entregó a una especie de cronoescalada frenética. Sufrió, pero resucitó de forma brillante. Fue un puñetazo sobre el asfalto. Es segundo en la clasificación general y no quiere ser enterrado todavía. El podio puede ser un premio de consolación de lujo para el estadounidense.

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