Hay un fútbol que amansa a las fieras del campo. Incluso a las más viscerales. Como Eric Cantona, ese francés canalla que, según sus propias palabras, fue sancionado por golpear a rivales, por pegar a aficionados, por escupir y por insultar a su entrenador. Cantona definió al artista como alguien capaz de crear luz en la oscuridad y añadió que, por mucho que se empeñara, no conseguía ver la diferencia entre el pase de Carlos Alberto a Pelé en la final del Mundial 70 y la poesía de Rimbaud.

Hay un fútbol que interpreta el césped como un lienzo y no como una olla a presión. Hasta para los que viven de alimentar el fuego. Genaro Gatusso aseguró casi con ira que compararlo a él con aquel Ronaldinho de los buenos tiempos era como poner en la misma balanza un dibujo de su niña y un cuadro de Van Gogh.

Hay un fútbol que toma rehenes simplemente porque se rinden ante la evidencia. Gary Lineker lo confesó después de aquel Inglaterra-Argentina de la mano divina y el pie diabólico. Si no hubiera sido un partido tan importante para él, habría aplaudido el segundo gol de Maradona como un niño con camiseta albiceleste.

Hay un fútbol que quizás asome por la final de la Liga de Campeones. Que guarde algún paso de ballet para el último partido continental. Que se sobreponga al ultimátum de los noventa minutos. Que codicie la pelota. Quizás caiga en el intento. Porque este juego no desaprovecha ocasiones para fustigarse y ser esquivo consigo mismo. Salpicado unos ratos por el azar y otros por la injusticia. Imprevisible, como la vida misma.

Pero hay un fútbol que traspasa el tiempo, que siempre acaba regresando, infiltrándose entre las filas de todo un equipo o tocando a un jugador. Impregnando una época, una temporada o un instante de un partido. Sumando nuevos conversos. Será la final. No el final.