Encadenar tres triunfos consecutivos en Segunda parece un imposible para el Celta. Tampoco pudo ser en esta ocasión. Los vigueses monopolizaron el partido, tuvieron el balón y las contadas oportunidades, pero le faltó acierto para doblegar al Rayo Vallecano, un equipo que rompió su molde a su paso por Vigo. Nada de ataque. Mel tan solo acumuló efectivos en las inmediaciones de su área y acabó llevándose un punto que impide a los celestes crecer.
Porque este Celta nunca logra la plenitud. El día que marca goles enseña sus miserias atrás y la tarde que no encaja se olvida de mirar hacia la portería rival o no acierta a aprovechar alguna de sus oportunidades. Porque ayer los de Murcia se cansaron de jugar en campo contrario. Incluso en el área rival. Pero sin gol. Lo único que cuenta en este deporte.
El guión del partido describió la misma tendencia de principio a fin. El Celta desaprovechó una buena oportunidad de irse al descanso con el marcador a favor. Los vigueses tuvieron la manija del partido frente a un Rayo Vallecano previsible, con buen toque y llegada arriba pero con una defensa plagada de dudas. Pese a ello, Pepe Mel fío el éxito del partido al sistema de contención.
Los vigueses asumieron por completo el control del balón, mandaron en las segundas jugadas y tuvieron llegada hasta el área, aunque en realidad todo el trabajo de Cobeño se redujo a interceptar un par de centros desde la izquierda y a responder a un zambombazo de Dinei desde la frontal.
Fue el brasileño el dueño del juego aéreo. El faro que siempre marcó el camino para el trío de media puntas, en donde Ghilas se caía a la derecha y Óscar Díaz se encargaba de la izquierda hasta que cayó lesionado. El tercero en tres partidos.
El monopolio del balón por parte del Celta todavía subió un punto al regreso del vestuario para convertirse en insultante. Pero lejos de buscar la verticalidad y la portería contraria, apostó por el fútbol de salón. De dar mil toques, casi siempre horizontales, y provocar otras tantas imprecisiones al tener a una decena de rivales por detrás del balón. Quizás el juego valía por estético, pero resultaba estéril del todo. Tan solo se atrevió Dinei con un cabezazo a la mano de Cobeño, aunque la ocasión más clara la tuvo Danilo después de un excelente servicio de Ghilas. El brasileño tenía la portería para él esperándole, pero su remate se perdió en el horizonte.
Mel movió el banquillo pero con independencia de los peones el Rayo jamás salió de la cueva. El Celta continuaba madurando el partido, convencido de que la insistencia tendría premio. Lo pudo encontrar Rubén en un rechace y en un cabezazo en dos córner consecutivos.
Pero no fue así y quizás por cansancio, o desesperación, el Celta bajó un punto su intensidad en la recta final. En parte también porque Murcia no utilizó el comodín del tercer cambio cuando tenía dos delanteros en el banquillo. Quizás le pudo la teoría del no perder. Un consuelo menor cuando se esfumó una excelente oportunidad de meterse de lleno en la lucha por la gloria.