Paul Pierce, un forofo de Los Ángeles y la pieza angular de los campeones

I. A.

DEPORTES

Paul Pierce es mucho más que un jugador en los Celtics. Es su alma. Ha sido la pieza clave sobre la que se ha construido una franquicia que ahora es ganadora. LA NBA lo recompensó con el premio al mejor jugador de la final y, cuando se retire, su camiseta se quedará colgada en el Garden hasta la eternidad.

La historia de Paul Pierce tiene tintes místicos desde su niñez. Nació en la localidad californiana de Oakland a finales de los setenta. Conoció el baloncesto de la mano de la rivalidad Lakers-Celtics en las finales de la NBA. La sangre púrpura y oro de la camiseta de los Lakers corría por sus venas, y su odio a todo lo verde no dudaba en manifestarlo durante su infancia.

Fue la estrella en el Inglewood High School, uno de los institutos más ilustres de Los Ángeles por su aroma baloncestístico. Allí pasó cuatro años y fue el artífice de un juramento del que se arrepentiría toda su vida. Junto a sus mejores amigos, se comprometió a no vestir nunca la camiseta de los Celtics. No se imaginó lo que acabaría pasando. Culminó una brillante etapa de universitario en Kansas y se inscribió en el draft de 1998. Ironías del destino. Había 28 franquicias y fue elegido en el número 10, justo por la única a la que había manifestado todo su odio desde niño: Boston.

Pero su vida cambió por completo en septiembre del año 2000. En una de sus salidas nocturnas, se vio involucrado en una reyerta en un club de Boston. Salvó la vida de forma milagrosa, pero su cuerpo conserva el recuerdo de once puñaladas, repartidas entre el cuello y la cara. Una experiencia que le sirvió para dar un giro a su carrera. Desde entonces se hizo de hierro. Se tatuó toda la espalda con figuras que, según él, le protegen. Dejó plasmado en su piel a un ángel cuyas alas le cubren desde los hombros a los riñones. Coronando la figura, inscribió el sobrenombre con el que se le conoce: The Truth ('la verdad').

Este título y el reconocimiento como mvp de la final le sirve para acabar con uno de sus temores. Boston podrá retirar su camiseta con todos los honores. Y una advertencia para sus viejos amigos de Inglewood: «El que se ponga una camiseta de los Lakers ya no es mi amigo».