Tirabuzones, pelo largo, cara expresiva, tipo carismático, Yannick Noah dejó hace 25 años el último triunfo en París de una raqueta francesa. Pasó el rodillo en la final sobre el sueco Mats Wilander, ganador de siete grandes. En Roland Garros hay nostalgia de aquel triunfo, en una edición en la que Tsonga, finalista del último Abierto de Australia, y Richard Gasquet, el mejor jugador local, se borraron antes de arrancar el torneo.
Noah fue el único francés en levantar la Copa de los Mosqueteros desde el triunfo de Marcel Bernard en 1946, bastante después de la época dorada del tenis galo. Desde entonces, ningún otro ganó un título del Grand Slam. No deja de ser paradójico que el Roland Garros se le atragante a una de las grandes potencias del tenis mundial. Con Noah en el banquillo como capitán, el equipo tricolor brindó un triunfo inolvidable en la final de la Copa Davis de 1991 al vencer a Estados Unidos en Lyon. Guy Forget y el carismático Henri Leconte superaron a los todopoderosos Andre Agassi, Pete Sampras y el doble formado por Ken Flach y Robert Seguso. Después llegaron otros dos títulos (1996 y 2001) y otras tantas finales.
Los años pasaron, el tenis francés forjó buenos tenistas y fueron cayendo jugadores y más jugadores camino de la final de París. Solo Leconte llegó a disputar el partido por el título a Wilander en 1988. En Roland Garros solo queda la nostalgia de Noah, al que la organización dedicó hace unos días una de las avenidas del club. «Por un lado estoy contento por tener mi propia calle, pero por otro estoy triste del tiempo que ha pasado desde aquella victoria. Me sorprende mucho», asegura el tenista de 48 años, metido desde hace tiempo a roquero.
Sin Tsonga ni Gasquet, noveno jugador mundial, el tenis francés tiene en Paul-Henri Mathieu, 19 de la ATP, a su mejor baza, aunque a sus 26 años nunca pasó de octavos.
La alegría de la jornada para el tenis francés la ofreció ayer Jeremy Chardy, un chaval de 21 años que nunca había pasado de segunda ronda en Roland Garros y ayer despachó al sexto cabeza de serie, el argentino David Nalbandian, en un partido maratoniano de cinco sets. La cruz la protagonizó Fabrice Santoro, que abandonó la pista central después de anotarse un solo set ante el español David Ferrer.