«A mí me gusta hacer esa jugada. Dar una arrancada y marcar», comenta de su carrera de 50 metros que terminó en gol
25 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Del ostracismo a acaparar todos los focos. De tener la maletas preparadas en Vigo a convertirse en el artífice de la victoria del Celta ante el líder. Así de cambiante es el fútbol, lo mismo que Diego da Silva Costa (Lagarto, Brasil, 1988), un futbolista capaz de conducir más de 50 metros un balón entre contrarios para marcar el tanto del triunfo ante el Numancia o de autoexpulsarse con cualquier piscinazo y dejar a su equipo con diez.
Diego Costa llegó a Vigo cedido por el Atlético de Madrid con la intención de crecer y de hacerse más futbolista, pero hasta el partido de Soria casi todos los comentarios eran unánimes: «Diego es una bomba de relojería». Un futbolista con unas cualidades sensacionales pero con mil pájaros en la cabeza.
Su indolencia le ha llevado primero al banquillo y más tarde a la grada, porque en el Celta pasó de ser un habitual en los partidos (titular o cambio fijo) a vivir en la grada durante el último mes. López Caro fue el primero en prescindir de él y el propio Antonio López lo dejó fuera de la lista en su estreno ante el Albacete «porque no quiero gente distorsionada de la realidad».
Pero afortunadamente para el Celta Diego Costa ha vuelto. Para hacer en los partidos cosas que muchas veces deja ver en los entrenamientos de A Madroa. Lo hace además con humildad, como si hubiera hecho un cursillo acelerado de profesionalidad. «Estoy centrado en lo que quiero. La gente estaba con una visión de mi persona que no era buena de cara al jugador. Para mí es mejor cambiar esa forma, porque yo soy una persona que siempre quiere ganar», reiterando que está al servicio del entrenador y que su única premisa es ayudar al Celta, club en el que se muestra dispuesto a repetir la próxima temporada.
Diego Costa debutó con los vigueses el pasado 2 de septiembre ante el Éibar, tres jornadas después marcó su primer gol, ante el Xerez en un partido en el que terminó expulsado después de un pase torero que encrespó a los jugadores rivales. Fue su única diana en Balaídos porque las cuatro restantes las firmó en Vitoria, Éibar y Soria por partida doble. Con cinco goles se coloca como el segundo máximo artillero celeste en compañía de Iannis Okkas, que fue precisamente el gran sacrificado en el partido de Los Pajaritos.
Enchufado
El brasileño cedido por el Atlético de Madrid salió más centrado y motivado que nunca. Deseoso de enseñar al mundo todo su muestrario. Todo le salió a pedir de boca. El primer balón que tocó fuera para dentro y su confianza se disparó.
Tanto, que en el epílogo del partido culminó con éxito una galopada de más de 50 metros. El delantero todavía no ha tenido tiempo de recrearse delante del televisor, pero se acuerda del lance: «Fue una jugada que miré para arriba y me dije: tengo e ir y fui, todo salió bien e hice el gol. A mí me gusta hacer esa jugada. Siempre dar una arrancada y afortunadamente salió bien e hice el gol». Aceptó que había sido uno de los goles más bonitos de su carrera «porque hasta el momento no es muy larga», indicó el tono jocoso.
En el vestuario el tanto no cogió por sorpresa a sus compañeros «porque cosas como esas -Perera dixit - se las vemos hacer en los entrenamientos». Para el bien del Celta sería bueno que su repertorio de A Madroa se prodigarse en los partidos. Si es así, el ex Peñafiel y Sporting de Braga se convertirá en un jugador capital para el trecho final de Liga. Siempre también que su mentalidad haya cambiado como promete. Que Soria haya visto nacer al nuevo Diego Costa.