ES INGLATERRA el país de Europa donde las tradiciones tienen mayor peso, por ello, a pesar de vivir en la globalización, su fútbol sigue siendo identificable: viril, honesto, frontal y con una tendencia exagerada a jugar con más prisa de la debida. Muy por encima de todo, lo más tradicional de la cultura sajona es el respeto al mérito. Por ello no han tenido reparo a que fueran entrenadores extranjeros (Mourinho, Benítez y, sobre todo, Wenger) los que le han añadido a sus cualidades tradicionales los avances de la modernidad . Y es que en los lugares donde el mérito y la capacidad son un valor, lo moderno y lo tradicional conviven con suma armonía. En nuestro país, y por ello en nuestro fútbol, no existe esta cultura del mérito, aunque para ser preciso deberíamos decir que lo meritorio es lo banal, lo falsamente polémico, lo arbitrario. En definitiva, todo aquello que nos lleve no a la eficacia, sino a la polémica absurda. Nuestro fútbol vivió sepultado debajo de esa sublimación de la nada a la que se le llamó furia. Hoy deambula en la otra cara de la moneda: la del fútbol frívolo, del pase intrascendente jaleado hasta el extremo, en el tiki toke, bajo el imperio de la forma, de lo aparente. La dictadura de la furia y la del tiki toke tienen en común que le han dado cobijo a la mentira y a los mentirosos: los que alzaban la bandera de salvadores del fútbol español secuestrado por la furia son los mismos que no tienen reparo en coprotagonizar ese insulto al fútbol que son las retransmisiones televisivas del sábado. De la misma manera que todos los acólitos que vivieron de la furia fueron responsables del sempiterno fracaso del fútbol español, no conviene dejarse embaucar ni por el nuevo apostolado ni por los nuevos y falsos apóstoles: por aquellos que hablan del buen fútbol con un sentido de monopolio y con una autoridad moral que no tiene nada que ver con lo que consiguen cuando entrenan. Aunar lo que dicen y lo que hacen sólo lo han conseguido en el fútbol español Lillo en el Salamanca , Cruyff en el Barcelona y Víctor Fernández en el Celta. Estos demagogos de la modernidad serán los responsables de que una generación con los dos mejores centrocampistas de Europa (Cesc e Iniesta) fracase bajo la bandera del buen fútbol sin argumentos, de la ausencia de profesionalidad. Atado a su poderosa y mediática mano, el fútbol español seguirá viviendo en el terreno que se encuentra mas cómodo: donde lo único moderno es el engaño.