«Me criticaron cuando me reteriré en el Mundial de Edmonton, pero la realidad es que ya había agotado mis reservas emocionales. Durante el año me había quedado sin club, mi entrenador estaba enfermo y mi mejor amigo iniciaba una huelga de hambre»
22 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Tan solo habían pasado unos segundos de mi retirada en el Mundial de Edmonton cuando me vi rodeado de periodistas que más que entrevistarme, me juzgaban. «Lo siento, pero me he bloqueado», es todo lo que acerté a decir. En todas las carreras te encuentras con lo que llamamos la muralla. En el maratón dicen que está sobre el kilómetro 30; en el 1.500, entre los 600 y los 900 metros. Este es el punto más difícil, aún más que el esprint final cuando ya no quedan fuerzas. piensas en abandonar, acabar con esa agonía, pero yo siempre lo había superado. Es parte del entrenamiento, no todo es correr, también hay que trabajar psicológicamente. En Edmonton no pude saltar esa muralla porque era incapaz de concentrarme, por todo lo que me había pasado. Pero en ese momento el lado humano del atleta no le interesa a nadie; sólo importa la medalla. Algunos hicieron leña del árbol caído y me colgaron ese cartel de mal competidor que yo mismo había dinamitado a base de buenos resultados en los últimos años. Agarré mi mochila y marché para la villa con mi entrenador, no mediamos palabra en un par de horas; luego, él me dijo: «Bueno, evidentemente no te voy a felicitar, pero ya esta hecho y no hay vuelta atrás, así que procura olvidarte lo antes posible». Los atletas disponemos de una batería para toda la temporada, algunos la descargan en los grandes mítines y llegan agotados al campeonato, como puede ser el caso de ciertos keniatas que son exprimidos por sus representantes, y otros la guardan para este evento. La energía no es solo física también es psicológica, vital para realizar tres carreras seguidas y aguantar toda la presión de un gran campeonato. El hecho de que meses antes me hubiera quedado sin club me llevó a entrenar con más rabia y ganas que nunca. Mejoré todos los test fuerza, multisaltos, resistencia, velocidad... Pero esto era un arma de doble filo, ya que en cada entrenamiento iba desgastando mi batería. En la primera competición internacional del año en Roma conseguí un segundo puesto por detrás de El Guerrouj y realicé la mejor marca europea del año. Las cosas iban bien. La semana siguiente recibo una propuesta de un club, pero con el condicionante de que primero debería ganarme el puesto para el Mundial. En el Campeonato de España me gané el billete, pero al llegar allí el representante me contó que también necesitaba lograr una medalla para resolver el eterno problema del ésponsor. Con lo que estaba igual que al principio. Cuando se acerca la gran cita del año los atletas entramos en capilla; prácticamente ni salimos de la habitación. Lo único que importa es ahorrar hasta el último gramo de energía. Recuperar y recargar la batería. En esos días intentas alejarte de todas las preocupaciones, a la vez distraerte para no pensar en la competición y malgastar adrenalina. La noche previa a la competición te cuesta dormir. Ha llegado el momento que llevas esperando todo el año, para llegar hasta ahí habrás realizado unos seis mil kilómetros corriendo, 300 horas en el gimnasio, 120 masajes... Esperas el pistoletazo de salida para aliviar toda esa tensión y soltar el trabajo del año en sólo 3 minutos y medio. Algunos, para conseguir dormir necesitan alguna infusión relajante y los más nerviosos recurren a la melatonina. Yo prefiero unos ejercicios respiratorios que son mano de santo y a soñar con el podio. En teoría, el deportista debe evitar situaciones que puedan interferir negativamente en el rendimiento. Según mi entrenador, «aparcar los problemas y pensar sólo en correr». Pero esto es la teoría. Llevaba todo el año entrenando sin club, al llegar a la villa me enteré por la prensa de que uno de mis mejores amigos estaba en huelga de hambre y que mi entrenador tenía una grave enfermedad. Todo esto se convirtió en una carga explosiva que la propia tensión de la competición con la que ya estaba acostumbrado a convivir se encargó de reventar justo en medio de la pista y en plena competición. La ansiedad me visitó en el momento más inoportuno, convirtiendo la fluidez de movimientos en pura rigidez, el ritmo respiratorio era más parecido al de un fumador empedernido que al de un deportista y la concentración era imposible. Todo esto, según mi entrenador, no debería afectarme pero como dijo Cervantes «cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces».