El último santo del «jogo bonito»

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN

DEPORTES

A punto de afrontar el examen de su vida, este veinteañero resiste las comparaciones con Pelé y Garrincha, y continúa adornando sus regates como un astro de los sesenta

13 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

En el año 2002, Brasil ganó un Mundial en Japón y un nuevo ídolo en Sâo Paulo. A lo largo de todo el campeonato brasileño de ese año, un negro de apenas dieciocho años competía con un blanco que no alcanzaba los diecisiete por ver cuál de los dos hacía una bicicleta con más pedaladas encarando a un rival. Diego (el hijo que le endosaron a Zico) estableció su marca en cuatro y terminó en el Oporto. Robinho, (el otro Pelé, con la salvedad de que la fábrica de doña Celeste y don Dondinho cerró en 1940), elevó el récord a ocho y jugará en el Real Madrid. Robson de Souza (Sâo Vicente, Sâo Paulo, 1984) es la mejor noticia para los nostálgicos del jogo bonito. Un Djalminha, un Ronaldinho, vamos. Pero sobre todo, un Pelé, un Garrincha. Un brasileño de los sesenta con el balón en los pies. Robinho resiste todas las comparaciones. El Real Madrid se ha fijado (lo que con Florentino al mando es sinónimo de fichaje) en el mayor ídolo del Santos desde la retirada de O Rei (por encima de nombres como Edmundo o Marcelinho Carioca), en un mequetrefe esmirriado que pisa la bola y se ríe, que maneja el freno y la arrancada mejor que Valentino Rossi, que mueve la cintura más allá de los límites de una cabaretera y que hace del regate la justificación de su venida al mundo. De nuevo, Pelé (siempre presente en la vida de Robinho). Fue el que le dijo: «Sigue regateando de esa manera, preferentemente en el área. Te garantizará un gol o un penalti». Así sucedió en el partido que consagró al futuro madridista. Era la final del Brasileirâo 2002. Contra el Corinthians. Émerson Leâo en el banquillo del Santos y Robinho sobre el pasto. El negro se acordó de su amigo blanco (entre ambos bautizaron su quinta como la de los Meninos da Vila) y encaró al lateral corintiano Rogerio con un baile de ocho pasos por encima de la pelota. Ya dentro del área, todo acabó en penalti. Rogerio fue muy criticado («Hablar desde fuera es muy fácil... y yo qué sabía por dónde arrancaría Robinho»). El espectáculo incluyó por el mismo precio, un ¿regate? de cadera que sentó a la vez a Vampeta y Kleber y acabó en gol. Dos a tres, con remontada, y el primer título nacional para el Santos desde la era Pelé. Robinho también actuó en la consecución de la segunda Liga santista, de la mano de Vanderlei Luxemburgo, con quien podría volver a encontrarse en Madrid. Inexplicable y afortunadamente, Robinho saldrá de Brasil indemne de su fútbol. Desde su irrupción jugó bajo amenaza. Danrlei (portero del Gremio) extendió el aviso a su socio Diego: «Si estos dos siguen haciendo de cada regate una humillación, alguien les va a romper una pierna». Un árbitro de la Liga paulista se sumó a la causa: «Si usted sigue gambeteando de esta manera a sus contrincantes lo saco, porque va a causar una tragedia en este estadio». Pero el hijo de Gilvan y Marina (y novio de Vivian desde hace ocho años) es algo más que samba sobre el cuero. Adolece de gol, pero es óptimo como segunda punta, por su velocidad y visión de juego. En el debe, su enclenque constitución física (sigue un plan de musculación tutelado por el mismo hombre que dirigió el de Ronaldinho) y su inmadurez (tras ganar la Liga en 2002 sufrió un bajón provocado por los múltiples compromisos sociales que tuvo que atender). Infancia culé El futbolista más brasileño de los últimos tiempos idolatra a Denilson, Giovani y Hagi (su primer deseo era ser culé) y lleva a la perfección engaños aprendidos en el fútbol sala y ensayados en el cementerio de Parque Bitaru, su barrio, donde nadie le molestaba cuando estaba a solas con la pelota. En pocos meses pasó de ser el moreno de las piernas finas para su entrenador Leâo a objetivo número uno del director de fútbol del Real Madrid, Arrigo Sacchi, en ardua lid con el Benfica, el Barcelona, el Chelsea y el Corinthians, equipo contra el que jugó ayer, en un mano a mano con el argentino Tévez, menos irreverente, pero más efectivo. Robinho pagó fuera del campo sus eléctricos modos con el balón pegado a la corriente alterna de su pie. En noviembre, justo cuando el interés del Real Madrid se hizo público, su madre fue secuestrada y sólo quedó en libertad en Navidad, tras el pago de una fuerte suma de dinero. La familia se juró entonces unión al otro lado del Atlántico. Su salida de Brasil es irremediable a poco que uno se fije en el modo en que maneja la pelota. Para adivinar al Real Madrid como lógico destino, sólo hay que seguir la pista de las firmas comerciales que se lo rifan. Y cuando aterrice en España, de nuevo recordará aquel episodio del que tanto presume. Cuando Pelé (coordinador del fútbol base del Santos en 1999) interrumpió su partido de prueba, saltó al campo, le encaró y le dijo: «Me dan ganas de llorar cuando te veo jugar, porque me acuerdo de mi infancia. ¿Tienes algún vicio? ¿Sigues yendo a la escuela? Quiero conocer a tus padres».