Técnico de los últimos éxitos y fracasos del Racing, el arousano visitará A Malata con el Nástic el domingo. Su ciclo en el club genera debate. Llega una cita morbosa
10 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.El abonado con el carné número 1.828 del Racing vuelve a Ferrol. No se sentará ni en su butaca de la tribuna de A Malata ni en el lugar que ocupó en la banda durante el último lustro ni en el terreno de juego. Por eso en la ciudad hay morbillo. Porque Luis César Sampedro volverá el domingo como entrenador del Nástic a la que fue su casa durante doce años. Ocho temporadas como portero -«malo», según su propia definición- y cuatro más como entrenador conforman la etapa de Luis César en Ferrol. Para el fútbol actual, un ciclo inusualmente largo. Para mal y para bien. Por el desgaste que supone, sobre todo en el banquillo, y por lo que dice del trabajo de un profesional permanecer durante tanto tiempo en un club últimamente tan acostumbrado a cambios. El roce hizo el cariño para Luis César. Arousano de nacimiento, considera Ferrol su casa, donde se casó y nació su hijo, Sergio. Accionista y abonado con el carné número 1.828 del Racing, aunque nunca se le viese en la novena plaza de la duodécima fila del sector A de la tribuna de A Malata, tiene mucho mejor cartel dentro del club que en parte de la afición. Por eso el partido del domingo supone casi un plebiscito sobre su poso en el racinguismo, ahora que su labor se puede ver con una mínima perspectiva. Ni sus servicios en el club, con éxitos en tres de sus cuatro ligas como entrenador, le convirtieron no ya en un mito, sino en un personaje ampliamente querido y respetado. Ni siquiera tras renunciar a parte del contrato que había firmado con el Racing hasta el 2007, primero, y aceptar de buen grado su salida del equipo, el pasado verano. Con esa hoja de servicios, otros detalles no le hicieron conectar del todo con el entorno. La pasada liga, que finalizó con el regreso del Racing a Segunda de la mano de Luis César, muchos seguidores achacaban a su continuidad el desencanto de la afición y la escasez de público en A Malata. Así lo llegó a decir la Federación de Peñas. Entonces permanecía todavía el cartel de enchufado que muchos le colgaron desde que asumió el reto de asentar al club en Segunda tras el ascenso histórico del 2000. Sin experiencia en el banquillo, la designación como entrenador por parte de Isidro Silveira se interpretó como un premio inmerecido. Esa sensación caló en un mayor sector de la grada cuando en la fatídica temporada 2002/2003 encadenó 17 jornadas sin ganar. Pero su renuncia al puesto de entrenador, sin exigir un solo euro por sus otros cuatro años de contrato, no fue admitida por el consejo de administración. Y terminó de imponerse la etiqueta cuando el descenso no se tradujo en su relevo, sino en el de tres cuartos de la plantilla de futbolistas. El órdago terminó con el ascenso. De fracaso, nada Tampoco le ayudó la imagen fría y hasta prepotente que transmitió a su pesar, porque sus próximos lo definen como un tipo divertido y cariñoso. En su debe se encuentra el no haber asumido el descenso como un fracaso -«no considero un fracaso que un equipo pobre descienda»- y algún gesto hacia la grada, como cuando se dirigió con sonrisas irónicas a la tribuna al ganar el túnel de vestuarios en un par de jornadas de la pasada liga. Tal sentimiento de amor u odio genera el ahora entrenador del Nástic, que hasta un empresario ferrolano, Alvito Pardo Corral, invitará a la plantilla a una mariscada si el Racing derrota al Nástic. Ya había primado al equipo verde en la ida, cuando pagó la cuenta aunque sólo disfrutó un empate. Claro que el tiempo relativiza ya muchas cosas. Primero le dio la razón a la decisión de Silveira, que no vio que fuese más fácil echar al entrenador que a casi una veintena de futbolistas, y de la mano de Luis César devolvió al Racing a Segunda A en un tiempo récord. Entonces no se supo si el regreso a Segunda A el pasado junio le dio ante sus críticos el plus de legitimidad que le había faltado al asumir el puesto sin experiencia. Se sabrá el domingo. En un partido en el que, como últimamente, irán cuatro mil espectadores al estadio. Y los críticos del arousano no podrán entonces culparle de la ausencia de espectadores en una época tan buena que disfrutan, en parte, gracias a su reciente labor.