| O |
08 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.TUVE la suerte de ser el primero en entrevistarlo, cuando tenía apenas 13 años. Acudió a los estudios de Antena 3 radio en Santander. Ya lo querían fichar el Madrid, el Barcelona y el Atlético. Fue con su padre, Agustín, el dueño del restaurante Los Peñucas, del barrio pesquero de Santander. Buena gente. El niño creció y un buen día apareció en el Barcelona, dándole a Ronaldo unos pases magistrales que el carioca no ha olvidado. Luego, le tocó la cara amarga de la vida, la lejanía, la soledad, la dureza del país extraño y un cierto grado de incomprensión. Esta temporada se ha reivindicado en el Espanyol, en esa Barcelona que tanto ama, desde el Parque Güell hasta la Plaza de España, desde Montjuich al Tibidabo. Ha vuelto a vivir la felicidad de los prudentes. Iván, el Peñuca, sigue siendo aquel niño callado que entrevisté una noche del 91, querido por todos, tímido por naturaleza, como si nunca hubiera escapado del todo a las costumbres adolescentes de la casa. Ahora, le llega el premio de la Selección. La probó en todas las categorías inferiores hasta proclamarse subcampeón de Europa en el Olímpico... de Barcelona. Vuelve a encontrarse con Raúl, su amigo y compañero de generación, su cómplice de avatares, quizá el futbolista que mejor entiende sus dificultades para sobrevivir en la selva del balón. Veintiocho inviernos lo contemplan como el mejor pasador del fútbol de hoy, aquel al que todos, empezando por Ronaldo, quieren tener en su equipo. Luis ha entendido que no podía despreciar un valor seguro. Nos falta saber cuánto tiempo van a darle. Iván es un brillante, un diamante pulido. Atrévanse a ponerlo.