Jugarse la vida por una medalla

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«En Sídney movía el termómetro para ocultar la fiebre y que me permitieran correr la final. Pude hasta morir»

16 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

Unos diez días antes de los Juegos Luismi Berlanas, mi entrenador Manuel Pascua y yo partíamos hacia Australia. El vuelo era con escala en París y Singapur, donde pararíamos un día y pico para soltar las piernas y que el viaje no se hiciera tan duro hasta Adelaida, lugar en el que trabajaríamos unos días antes de Sídney. Andábamos ya por la zona de embarque y ordenaron acceder al avión. Antes de entrar al Jumbo decidí ir al servicio. No había ninguno cerca porque la zona estaba en obras. Anduve por varios pasillos hasta que hallé uno. Cuando quise salir me encontré con una sorpresa: no había manilla. Y allí me quedé, encerrado. Grité, pero aquel sitio estaba aislado. Menos mal que llevaba el móvil. Llamé a Pascua y le fui indicando dónde estaba, ahora a la derecha, ahora a la izquierda... Cuando pensé que estaba cerca comencé a dar golpes en la puerta para que me oyera. Y me rescató. Llegamos justitos al embarque. La partida Y comenzó el viaje. En teoría, llevábamos una semana haciendo el horario de Australia para adaptarnos, es decir, dormir por el día. Yo lo intenté un día, pero no pude más. Nuestros entrenamientos también se habían adaptado al horario australiano. Subimos al avión en París y el entrenador se echó a dormir, cosa que se supone teníamos que hacer también nosotros. Pero ni Luismi ni yo podíamos. Con tantas horas de vuelo, llegó un momento en el que me volvía loco, no sabía si lo que me daban era el desayuno, la comida, o la cena; habíamos jugado a la play, visto cuatro películas, paseábamos por el pasillo para que no se nos inflaran las piernas. Por la noche intentamos dormir, pero nos dijo Pascua que de eso nada, que no tocaba. Y se lo tomó tan en serio que en cuanto nos veía dar una cabezada nos despertaba. A Singapur llegamos con un día y pico de sueño acumulado. Comimos y nos fuimos a la habitación, nos permitieron echar una siesta pequeña. El horario ya era similar al de Australia. Cuando nos despertaron, el entrenador estaba algo alterado y nos preguntó qué habíamos hecho, que no nos vio ni en la cena ni en el desayuno. ¡Llevábamos durmiendo un día y pico! Y sin enterarnos. Bajamos a cenar media hora y nos metimos en la cama otra vez hasta el día siguiente, casi estuvimos en la cama dos días. Así nos adaptamos al horario. Nuestra llegada a Australia fue de chiste. Allí no puedes introducir medicamentos, ni semillas, salvo que tengas autorización. Me tuvieron veinte minutos en la aduana, viéndome los medicamentos del asma y los certificados. Al final, todo en orden. Pero Luismi... A él se le sentó al lado un perro de esos pequeños que rastrean drogas y alimentos. Allí estuvo una hora a su lado mientras le registraban todas sus pertenencias una y otra vez. No le encontraban nada, pero estos perros tienen tanta credibilidad que de allí no se movía nadie hasta que no apareciera algo. Al final, le dieron la vuelta a su mochila y cayeron de ella unas semillitas de una barrita de muesly que Luismi se había comido en Madrid. Cuando quitaron las semillas el chucho se levantó y se fue tan ancho. Vía libre. Es curioso, casi no pudimos entrar en Australia y otros, como el Bruxo Torrado consiguen meter de todo. A él no se le resisten los perros. A Australia llevó marisco, jamón, chorizo, lomo.... De todo. Tiene un amigo que se lo envasa todo al vacío y le echa por encima un spray de esencia de pino. Mano de santo, coló dos maletas repletas de comida de la tierra, y el perro mirando hacia otro lado. En la villa olímpica comencé a encontrarme mal, me picaba la garganta y tenía fiebre. Me medicaron para bajarla, pero quedaban tres o cuatro días para competir. Con fiebre no se puede correr. O no se debe, porque se te puede inflamar el corazón o los pulmones. Te puede pasar algo gordo, dañar cualquier órgano. Cuando me dijeron que si seguía con fiebre igual tenía que abandonar, ufff.... El termómetro me lo ponía en la axila, pero lo empujaba hacia atrás para que no diera más temperatura de la normal. No había trabajado tanto durante cuatro años para nada. Y llegó la primera eliminatoria y luego la semifinal. Tras la semifinal sólo recuerdo que desperté en el hospital con una mascarilla. El médico me dijo que me había desmayado. Lo primero que pregunté es dónde me caí y si me había clasificado. Me dijeron que sí, que estaba en la final. Fui otra vez a la villa. Tuve un día de descanso y quedé séptimo en la final. Me supo a poco. Veía que no estaba para medalla y en un principio me consoló el diploma, pero ese no era mi objetivo. Siempre pensé en el bronce, en la línea de lo que había conseguido todo el año. No hay que olvidar que en la final hice mi peor marca. Me diagnosticaron una gripe y un ataque de asma. Mi desmayo fue, precisamente, por falta de oxígeno debido a una crisis asmática. Cuando llegué a España me dijeron que lo que tenía era una mononucleosis y que podía haberme sucedido algo grave, incluso morir. Sacrificio Tanto sacrificio... En los últimos tres meses estuve a dieta. Me había hecho un estudio de sensibilidad alimentaria, era un método nuevo. A través de un análisis de sangre te detectan los alimentos que te dan alergia y los que te dan mayor energía. Me eliminaron muchísimas comidas hasta que en el último mes sólo comía jamón cocido, arroz blanco, pollo y pavo. Nada más. El azúcar, ni olerlo. Fue muy duro. Y viene una cosa de nombre extraño y te manda todo al garete. Estaba en el mejor momento de mi carrera y hasta trabajé con un psicólogo para no ponerme nervioso. Pero la mononucleosis no tiene corazón. Texto transcrito por Fernando Hidalgo