Tras cumplir una sanción de 18 meses por su fuga de Turquía, el ex jugador del Valencia lidera el título de Newell's
13 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Por quinta vez en su historia, el modesto Newell's Old Boys y los leprosos, como se conoce a su afición, consiguieron celebrar un campeonato de la Liga argentina. Perdió 2-0 contra Independiente, pero la derrota de Vélez le allanó el camino. Durante los últimos noventa minutos, la responsabilidad por alcanzar el objetivo le cayó encima al equipo del Tolo Gallego, lo aplastó. Y no sólo a los juveniles, que son mayoría, sino también a los más experimentados., a los que supuestamente debían apuntalar la estructura emocional. A todos menos a uno, a Ariel Ortega. El Burrito, el único que pidió el balón siempre, el llanero solitario que acaba así una larga travesía por el desierto. Así que el triunfo de Newell¿s no fue para todos igual. El Burrito, uno de los emblemas del equipo campeón, esperaba este golpe a favor, este empujón de la vida hacia el lado bueno: el de los aplausos, los elogios y el reconocimiento. Nació el 4 de mayo de 1974 en la provincia norteña de Jujuy, allí donde Argentina es más profunda, más indígena, donde un balón de fútbol es casi un milagro y la escuela una opción para pocos. Para él solo fueron unos meses donde las rabonas superaron a las asistencias. Menos de un año y el fútbol había ganado la batalla. Pronto le llegó el apodo de el Burrito, derivado de su padre el Burro, el hombre que lo aguantó hasta que lo probaron en la cantera de River. Allí, entre los Millonarios, con sólo 16 años deslumbró a los entrenadores. A finales de 1991 ya debutaba en Primera y fue la promesa, la revelación y el niño mimado. El primer contrato y el dinero en serio. Las dos veces que se marchó para abrirse a la aventura europea. La nostalgia lo desbordó. El Viejo Continente nunca conoció en su verdadera dimensión la genialidad de este artista de los regates. Pero Ortega también tuvo una buena dosis de responsabilidad. En la amargura de Fenerbahce, cargó con mucha responsabilidad. Sus sucesivos, millonarios y frustrantes pasos por Europa lo describieron como un futbolista indisciplinado. Sus roces con Rainieri en el Valencia se volvieron célebres, y en Génova hasta terminó detenido por conducir ebrio. Pero los seis millones de euros por cuatro años de contrato que le ofrecieron el Turquía le tentaron tanto que ni pensó en la adaptación. Y lo pagó. En febrero del 2003 se escapó de Estambul, eludiendo las responsabilidades de un profesional. La sanción de la FIFA lo marginó 18 meses de las canchas. Hasta que en su horizonte apareció Newell¿s. Este nuevo - y quizá último- regreso al fútbol lo colocó de protagonista de unos pocos encuentros como titular en el equipo rosarino, pero sin dejar de ser diferente y volverse ídolo para la afición, que reconoce su magia en un equipo que acaba de conquistar el campeonato. Así, mientras el Tolo Gallego, el entrenador con cuatro campeonatos argentinos a sus espaldas, no podía ocultar su alegría, hablaba de los pibes y dedicaba el triunfo a su mujer -hincha de Rosario Central-, Orteguita, en volandas de sus compañeros, lloraba. Las lágrimas de un genio, incomprendido y rebelde.