El equipo dio señales positivas ante el Nástic pese al romo ataque.
21 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.El Pontevedra salió ayer del Nou Estadi de Tarragona con una anotación menos en su últimamente abultada cuenta de deudas. Ante el Nástic, el equipo granate no dio la impresión de ser gran cosa en lo que se refiere al ataque, la suerte que mejor ha dominado en las últimas temporadas, pero al menos demostró que, si quiere y si le dejan, puede ser un equipo más de Segunda División, correoso, ceñudo, ciertamente antiestético pero práctico. El empate (0-0) no soluciona gran cosa, pero tampoco está tan mal. El receloso estado de ánimo del Pontevedra se vio a las leguas, y ya desde el primer instante del partido. Los granates llegaban a Cataluña después de mes y medio sin oler la victoria, habiendo sumado un punto en seis jornadas y todavía heridos por todo el escándalo formado alrededor de la detención de su compañero David Casablanca por negarse a pasar un control de alcoholemia. El técnico, José Aurelio Gay, se había pasado la semana insistiendo en que un equipo tan generoso en defensa como el suyo no iba a llegar muy lejos en una categoría tan perra, y en la primera parte se hizo patente que el discurso había calado, quizá demasiado hondo. El arranque granate fue hasta cierto punto roñica, avaro, reservón, aunque quizá era de eso de lo que se trataba: el Pontevedra concedió el peso del juego a un Nástic que nunca supo qué hacer para barrer un centro del campo concentrado y a la que salta, superpoblado -Gay prescindió del extremo izquierdo para que Garipe, un jugador netamente defensivo, acompañase desde esa posición a Navarro, Padín y Capdevila- y más dedicado que nunca a la destrucción pura y dura. Cortada la vía de las bandas -Capdevila, el único interior real de la alineación, sacrificó su descaro en beneficio de la contención, haciendo más faltas que en todo lo que va de temporada-, los pontevedreses se confiaron al recurso del pobre, el balonazo sobre sus dos puntas, de nuevo Javi Rodríguez y Canabal. Este último volvió a revelarse como un buen recurso en tiempos de carestía: protege el balón de maravilla, se compenetra bien con el Rifle en la presión y su pasado en Primera genera una ansiedad en la defensa rival que al menos sirve para ganar confianza. Fruto de este planteamiento, el primer tiempo salió rana. Fueron tres cuartos de hora feos, ultratácticos, con pocas jugadas interesantes. Apenas un mal remate de Serrano en un córner y una irrupción de Diego Torres en el área, por parte del Nástic, y un remate de Capdevila al palo en un barullo de la defensa local, por parte del Pontevedra, adornaron un arranque atmosférico, en el que la bola se pasó más tiempo en el aire que en el suelo. «Oye, pues no está tan mal», se debieron decir los granates en la caseta, durante en el descanso. Sin ponerse estupendos, los futbolistas del Pontevedra se soltaron un poco más en el segundo tiempo, y un poquito más todavía cuando, a falta de algo más de media hora para el final, Gay decidió dar aire a las bandas con los motivados, por inhabituales, Juan Jesús y Asier Salcedo. El balón siguió pegado a las botas de los locales, mayormente, para desgracia de su técnico, Luis César, a las de su central David García, forzado a asumir el papel de director de juego desde las cavernas de la zaga tarraconense. Pero las ocasiones de gol, las buenas, las que pueden cambiar un marcador, fueron para el cuadro gallego. Mientras los locales sólo pudieron aportar a la lista del espectáculo un remate alto y muy peligroso de Pinilla, el Pontevedra tuvo al menos dos bolas de partido en contras muy bien llevadas. Una llegó en una media vuelta de Canabal en el área, a la que respondió Valencia, muy exigido, con un paradón. La otra la hizo Juan Jesús, que aprovechó su velocidad para colarse entre los defensas del Nástic para disparar a puerta y obligar a Alfonso Sánchez a sacar la pelota de la baliza, justo encima de la raya. En ambas ocasiones se echó de menos la pegada que el Pontevedra ha demostrado desde que Gay se hizo cargo de su vestuario, pero el encuentro de ayer era, con toda probabilidad, cuestión de prioridades. La primera, mejorar la deficientísima defensa de los últimos tiempos, quedó aparentemente cumplida. Sin Rey, que se tuvo que quedar en el banquillo por decisión del técnico, y con Vázquez, muy criticado en Pasarón pero contundente y sin ninguna duda en la cabeza ayer tarde, la zaga pontevedresa cumplió con creces. Otra de las grandes noticias de la tarde fue la emergencia de Adinolfi como excelente lateral izquierdo defensivo: efectivamente, le faltaban minutos, le faltaba rodaje para demostrar que se puede comer a incordios del calibre de Codina, primero, y de David Cuéllar y Pinilla, después. Asistido por un Capdevila generoso, el uruguayo se atrevió en el tramo final del choque a subir la banda y a centrar -bien, por cierto-, una destreza que, según él mismo reconoce, no es su fuerte. Asier Salcedo tuvo la última oportunidad de una cita que, como las canciones de rock sinfónico, debe tener su reprise, su segunda parte, para verse completada. Si al buen partido en defensa de ayer no lo sigue otro en la misma línea el domingo en Pasarón, nada menos que ante el Sporting de Gijón, la cosa habrá quedado en el espejismo de una tarde catalana; si la mejoría en la cobertura no se ve contestada por una recuperación de las prestaciones ofensivas del equipo, más bien cortas ayer, el Pontevedra se convertirá en otro de esos equipos de Segunda aburridos a más no poder. Y eso es algo que, por lo visto en los últimos tiempos, espanta tanto a Gay como a la grada de Pasarón.