El deportista gallego derrotó al mítico Andreas Dittmer, uno de los mejores canoístas de todos los tiempos, que además hizo ayer una excepcional regata
27 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Galicia tiene un nuevo héroe. David Cal Figueroa escribió la página más gloriosa de la historia del deporte gallego y firmó una de las obras más bellas de estos Juegos Olímpicos de Atenas. Fuerza, plasticidad, talento y coraje. Estos fueron los cuatro pilares sobre los que se asentó este muchachote de Hío (Cangas do Morrazo) para regalar a esta esquinita del Atlántico su primera medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. Se proclamó campeón de la forma más brillante, en una regata memorable, la mejor de la historia del C-1 mil metros. Jamás nadie hizo un tiempo tan espectacular. Si en el piragüismo existieran tales, estaríamos hablando de un récord del mundo. Andreas Dittmer, el derrotado, tenía un 3.49, marcado en Duisburgo hace unos años. El alemán pulverizó ayer su marca, pero enfrente tuvo a alguien que no es de este planeta. Para situar el alcance de la gesta, lo acontecido en Schinias tiene muchos puntos en común con el momento en el que Gebrselassie entregó el testigo a Bekele. Un dios dejaba el paso a otro dios. Ayer, Cal no sólo venció. Ganó al mejor de todos los tiempos, a un canoísta que desde 1999 no había perdido una sola prueba de mil metros; que tiene dos medallas de oro en unos Juegos y una de bronce; que ha logrado seis oros en mundiales y que perdió la cuenta las veces que se impuso en Europa. Dittmer era el rey indiscutible y ayer hizo una de las mejores regatas de su carrera. Y sin embargo perdió. De ahí el alcance de la gesta. Destronó al emperador en una de sus actuaciones estelares. Fueron muchos los muros que derribó en un solo día el pupilo de Suso Morlán. 1). Primer oro para Galicia; 2). Primer oro en la historia del piragüismo español; 3). Primera medalla en la historia del piragüismo individual español; 4). Primera medalla del piragüismo español y del gallego en los últimos veinte años. Fue una borrachera de felicidad para el nutrido grupo de españoles que presenciaron en directo la proeza. Desde casi la primera palada, David se puso en cabeza. Así se le veía cuando de repente, al paso por los 250 metros, el electrónico reflejó un sorprendente séptimo puesto. Tremendo desconcierto el que generó en la grada. ¿Eran tantas las ganas de verle ganar que le veíamos delante cuando en realidad estaba casi último? No. David volaba. Era el primero. Y no solo eso, sino que sacaba una embarcación a Dittmer. No había olas, sólo un viento de espaldas que propiciaba una mayor velocidad. Se llegó al ecuador de la prueba. David mantenía el ritmo y el puesto, y Dittmer, por primera vez en mucho tiempo, tenía a alguien delante que le sacaba casi un segundo. Cal iba a lo suyo, ni una sola mirada hacia su rival. Paleaba con la frecuencia de siempre y sin desequilibrarse, en esa extraña mezcla de brutalidad y poesía que sólo los grandes deportistas pueden conseguir. Era el canoísta perfecto, pero quedaba lo más difícil: aguantar el último ataque. Dittmer ha hecho célebres sus subidas de ritmo, con las que acaba de destrozar a aquellos rivales que desafiaban su supremacía. A falta de 200 metros fue a por el gallego, pero Cal era una furia desencadenada que había guardado en sus brazos un último esfuerzo, suficiente para consumar la gesta. Y tan ciego iba en pos del oro que cruzó la meta sin enterarse de su triunfo. Ni un sólo gesto de celebración. Hoy, segundo asalto. A las 7.45 horas, en España, Cal intentará conseguir otra medalla. Será el C-1 500. No es la suya, pero en la serie clasificatoria mostró su candidatura a todo. El ruso Opalev ya no ve tan claro el triunfo. Hay un jovencito cuya voracidad no tiene límites y que quiere hacer doblete.