Cuando la pista es blanca

Xosé Ramón Castro
X. R. Castro MANZANEDA

DEPORTES

FOTOS: MIGUEL VILLAR

Manuel Penas se ha pasado un mes en Manzaneda, apurando entre la nieve y a varios grados bajo cero, su preparación para conseguir el billete olímpico para Atenas. Para un atleta, una Olimpiada es el cielo, y para tocarlo nada mejor que entrenar por encima de los 1.500 metros de altitud. Manuel Penas, una de las más firmes esperanzas para aumentar el número de atletas gallegos en Atenas, se ha pasado un mes en la estación de montaña de Cabeza de Manzaneda. Ha cambiado la benigna climatología coruñesa por la nieve y los grados bajo cero, pero también, el pequeño parque en que entrenaba por una reserva natural todavía respetada por el hombre. Mayo del 2004 ha sido el mes más espartano en la vida de una firme realidad en los 5.000 metros. Cuando las nevadas primaverales irrumpieron en escena le cogieron a él recién llegado a la estación de montaña. «Tiña a cara toda queimada, os ollos enroxecidos y pisaba tódolos días unha boa capa de neve para adestrar. Na miña vida pasei tanto frío, nin en Estocolmo cando competimos a menos 12», recuerda quien en aquellos días también lo pasó mal para adaptarse a la soledad del lugar. Pero enseguida se acostumbró. No sólo porque en poco tiempo el personal de la estación ya era de la familia (hasta los cocineros le preparan un menú especial), sino porque tanto entrenamiento apenas le deja tiempo para otra cosa más que recuperarse. Manu Penas asegura que las mañanas son livianas, pero en realidad trota 12 kilómetros diarios en una zona de bosque próxima a los bungalow, cuyas piedras aprovecha después para los estiramientos. Este entrenamiento matinal comienza al filo de las once y media, porque el frío no permite madrugar más. Reponer fuerzas A la una y media ya está el séquito de cocina esperando por su protegido para que el coruñés reponga fuerzas. «¡Qué pasa campión, vas a comer xa!». le dicen nada más aparecer su finísima figura en la puerta del restaurante. Después de la comida, 30 minutos de tele «para enterarme do que pasa no mundo», dos horas de siesta y de nuevo entrenar. En teoría, lo duro toca por la tarde. Tres días a la semana, 45 minutos de coche para ir a las pistas de O Barco, en donde comienza con precisión a las seis y media. El resto de las jornadas, series controladas a 1.800 metros, en el pico de la estación. Y de postre, piscina o gimnasio. La apnea no se quedó en A Coruña con su médico y su entrenador, sino que también viajó con él hasta la cumbre ourensana (la practica entre tres y cinco días a la semana). A las nueve toca cena y a las diez sale Casimiro por la tele. Hora de dormir. Aunque esté solo en la estación, todos sus pasos están controlados. El teléfono y el correo electrónico le permiten establecer contacto casi a diario con su técnico y entrenador. A los dos remite un informe detallado en donde el peso es fundamental. «En altitude coller peso non é o problema, pero se perdes 600 gramos xa é para desconfiar». Primera experiencia Para Penas se trata de su primera experiencia en altura. Admite que llegó con miedo, y que la sensación de cansancio se ha adueñado de él en las alturas. «Parece que non vas e non vas. Esto é moi duro. Estou sufrindo moito. Se me preguntas cómo estou agora (después de su último entrenamiento matinal), direiche que cansadísimo, pero...». El pero tiene trampa. Hace una semana bajó a Alicante para competir con su equipo en la liga de clubes y ganó con una autoridad pasmosa. «A verdade é que cando estás na pista voas e é cando te das de conta». Tan contento está, que si el próximo domingo en Sevilla todo funciona según lo establecido no sólo volverá a Manzaneda, sino que redoblará la apuesta. «Falei cos xefes daquí e pedinlle durmir a 1.800 metros para forzar un pouco máis o organismo. Digamos que agora estou no campamento base e quero facer cima», comenta estableciendo el símil alpinista. En la estación le esperan con los brazos abiertos.