Los vigueses ofrecieron su mejor versión para superar al Barcelona a base de raza
08 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?l Celta recuperó ayer la imagen brillante que en la recta final de la pasada temporada le llevó a la Liga de Campeones y aunque en esta ocasión el objetivo es diferente, la permanencia, el juego que desplegó ante un desdibujado Barça, hace soñar con la continuidad en Primera, algo por lo que hace un mes no apostaba ni el más optimista. Además de buen fútbol, el Celta dio una lección de pundonor, de raza, se dejó la vida y se la seguirá dejando en cada minuto que le queda hasta conseguir el objetivo. Y si al final no lo logra, se irá a Segunda con la cabeza alta, víctima de errores anteriores. En esta Liga no se sabe qué equipo puede hacer daño. Este año casi todos han pescado en Balaídos, se llamase Real Madrid o Santander. Pero por mucho que el Barcelona llegase con la vitola de mejor equipo de la segunda vuelta, al Celta quizás le viniese mejor que fuesen los azulgranas los que visitasen ayer el estadio vigués, porque en la situación agónica que viven los vigueses al menos tenían asegurada la motivación máxima por doble vía. Carnero y Sáez han armado un Celta que sabe lo que quiere y a lo que juega, un conjunto sin complejos, sin miedo al fracaso a pesar de lo mucho que hay en juego. El tándem técnico armó un entramado con la premisa fundamental de tener el partido bajo control y armaron una telaraña en el centro del campo con un trivote cuya misión era otorgar el dominio del juego a los celestes. El Celta fue el primero en coger la iniciativa, en hacer buenas combinaciones, pero siempre lejos de la zona venenosa, porque en los últimos metros la precipitación y el buen hacer de los de Rijkaard, que estaban pletóricos de confianza, anulaba cualquier aproximación con aviesas intenciones. Los porteros fueron meros espectadores hasta que en el minuto veinte un saque de esquina Cáceres estuvo a punto de meter en la portería de Víctor Valdés un remate que se marchó por encima del travesaño por milímetros. Por momentos pareció que fuese el Celta el que aspirase a ganar el título de Liga y no los catalanes. Los vigueses estaban crecidos y un recién salido de la cuna, Oubiña, aparentaba ser el maestro de Davids, a quien amargó la tarde. Entretanto, Ronaldinho era una figura virtual, nada palpable. Las ocasiones no llegaban, pero si alguna virtud ha destacado en el Celta desde que inició la reacción ha sido su paciencia, su capacidad para no perder los nervios ni la compostura. La insistencia tuvo su fruto en uno de esos momentos llamados psicológicos, al borde del descanso, en un balón cruzado al área por Velasco, que tocó Mostovoi y remachó Edú. La sustancia celeste sale a relucir cuando es más necesaria, y la cuestión es que no sea demasiado tarde. Aumenta la tensión Era de esperar que un Barça herido reaccionase, pero los célticos iban a cada balón como si en ello les fuese la vida. Las ganas de los dos contendientes convirtió el partido en un atolladero. La pelota se paseaba sin orden ni concierto y el desequilibrio podía llegar en cualquiera de las dos áreas. Ni Luccin fue capaz de sentenciar el partido en un penalti cometido por Oleguer sobre Edú. Tocaba sufrir, para no variar. Sobre el césped la temperatura llevaba el líquido a ebullición. Rijkaard dinamitó todos sus cartuchos al dar entrada a Kluivert por Reiziger. Ronaldinho puso por primera vez en aprietos a Cavallero. El Celta cerró filas y trató de sentenciar al contragolpe, pero el duelo estuvo abierto hasta el silbido final. Antes, un susto tremendo en un balón que le llegó a Saviola y que el argentino cabeceó superando a Cavallero provocando la imagen que define el partido: apareció Juanfran y se estiró sacando lo que parecía imposible. Todo por no bajar al pozo.