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El Deportivo empata con el Valladolid y consigue enfadar al público de Riazor. La afición recriminó al equipo su actitud expectante y su falta de garra.
17 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El partido de Oporto está grabado a fuego en la cabeza de este Deportivo, y ni siquiera un experto como Irureta puede extirpar un sueño de semejante calibre de la mente de sus jugadores. El duelo de ayer parece un anticipo de lo que se avecina en la Liga mientras los coruñeses sigan con vida en la Champions. El afán de lucha para cazar al Madrid es muy loable, pero parece ahora una quimera. Así, lo sucedido ante el Valladolid entraba en el guión. Pero lo que no pertenece a esta película es la falta de garra del Dépor, que desesperó al público hasta el abucheo. Una segunda cuestión. En un equipo hay, hubo y habrá titulares y suplentes, sin que eso deba suponer ofensa o menoscabo para alguien. Sobre todo cuando los segundos llevan media o toda la temporada calentando el banquillo o la grada. No es extraño que a Héctor a Djalma o a César (viene de una lesión) no les salgan las cosas. Como también es difícil que futbolistas como Munitis controlen los mecanismos de este Deportivo como los titulares. No empezó mal el Dépor, y la defensa de cinco hombres que colocó Vázquez en Riazor no fue la causa de este traspié. Entre otras cosas, porque cualquier zaga es vulnerable en los flancos por numerosa que sea. Y la pucelana hizo aguas al principio cada vez que Fran buscó en largo a Luque. Esta vía de acceso duró sólo media hora, pero debió ser suficiente. Hoy por hoy, el lateral Torres Gómez tiene pocas posibilidades de aguantar al catalán en carrera, así que Luque lo vio por el retrovisor. Fran y Alberto abrieron bien al Valladolid, pero es una pena que Tristán siga sin llegar a los balones que le ponen sus compañeros. A ninguno. De lo contrario, otro gallo cantaría. La actitud del Dépor pasó de normalita a pésima bastante antes del descanso. Pero este equipo tiene futbolistas de una pasta especial. Fran, como se vio también con Mauro en Villarreal, juega con la misma voracidad ante cualquier adversario. Poco importa que enfrente esté el Milan, el Valladolid, el Oporto... Su honestidad profesional le impide escamotear su talento. Pandiani profesa también esa creencia. Él mismo, con los brazos sobre la cabeza, exigió a sus compañeros dinamismo en la salida, menos espacios entre líneas y ayuda en la presión. No tuvo mucha ayuda. Pero lo que más duele es que el partido ni siquiera se fue de las manos por la molicie del Dépor. Por mucho que se pueda excusar el encuentro de un equipo trufado de suplentes, no es de recibo es que vuelva a encajar un gol en el minuto 44 por falta de concentración. Óscar llegó hasta Munúa absolutamente solo, y después de lo que pasó en Milán, el conjunto blanquiazul debería estar vacunado contra ese mal, por desgracia frecuente. Un defecto que bajo ningún concepto puede aflorar en Oporto, como tampoco en partidos tan plácidos como el del Valladolid. Un encuentro controlado con 0-0 se convierte así en una concesión a la contra para el rival que, por fortuna para los coruñeses, no supo trasladar al marcador sus ocasiones. Los pucelanos fiaron su suerte al magnífico trabajo defensivo de Julio César y a la viveza en ataque de Sales. Poco más. El empate final puede considerarse justo, pues la mayor calidad del Deportivo sólo sirvió para que Djalma encontrase el crujido de cadera del veterano Caminero. Penalti, una suerte en la que el brasileño es infalible.