La contracrónica El Celta-Dépor arrancó sin gallegos, careció de la intensidad de otras veces, acabó en goleada histórica y sembró la discordia, pero entre los hinchas locales y su equipo
04 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.Entre los piropos a Leo Scaloni y los gritos de «¡dimisión!» mediaron sólo unos noventa minutos. Un partido de fútbol. Porque Balaídos esta vez no vivió el derbi, sufrió el derbi. El encuentro, llamado el de la concordia, desencadenó la discordia entre la parroquia celeste, que al final interpretó que tiene al enemigo en casa. Muchos goles, contados momentos electrizantes y pocos gestos. Porque los gestos de amistad parecen destinados a algunos seguidores que se abrazan en la grada sin que les importe la mezcla de colores y a la televisión (el ya famoso anuncio del no la violencia. Aunque la vida real siempre se aleja de la publicidad, quizás se esperaba un poco más de voluntad y ceremonia. Pero ni Lendoiro hizo acto de presencia en el palco ni los dos equipos saltaron al campo de forma conjunta. Pero si hubo pocos gestos de reconciliación, el once inicial del Celta y el Deportivo dio pocos indicios de que allí se jugaba el derbi gallego: cero jugadores autóctonos, seis futbolistas argentinos y dos técnicos vascos. Precisamente los entrenadores, al igual que el público, comenzaron el encuentro con un talante muy distinto al que mostraron final del partido. Irureta empezó de pie torturando chicle y disparando instrucciones de juego a diestro y siniestro. Y acabó sentado en el banquillo, anestesiado por el relajante resultado, sintiendo casi remordimientos de conciencia. Lotina vivió el inicio del encuentro en su asiento, pero el primer gol del rival lo arrastró hasta el borde del terreno de juego. Los ojos del inquietante Golum de El Señor de los Anillos , que observaron el encuentro en varios momentos desde las vallas publicitarias de Balaídos, casi presencian el gol de Luque. Y era sólo el principio. La historia del 0-5 pudo haber cambiado si la vaselina de Jesuli no se hubiera topado con el poste. Gritó de rabia el andaluz, el recogepelotas más cercano se llevó las manos a la cabeza y hasta Celestino, la mascota del cuadro vigués, levantó los brazos para lamentar el final de la jugada. Iba para gol de la jornada, pero se quedó en la madera de Balaídos. El fútbol demostró en Vigo con toda su contudencia su capacidad para darle la vuelta a la tortilla. El Celta, que pudo haber marcado el mejor tanto del día (entonces todavía no se había gestado la extraordinaria diana del racinguista Regueiro), recibió en cambio uno de los goles más absurdos de la temporada. En términos tenísticos, Cavallero pecó de exceso de vista, o de confianza. Y es que en la segunda parte el Dépor hasta se dio el lujo de innovar sobre la marcha. Se vio la insólita imagen de Pandiani y Mauro dispuestos para lanzar una falta que acabó ejecutando el uruguayo. Tras el descanso, con todo decidido, por fin entraron jugadores autóctonos en escena: Fran y Jonathan. El deportivista contribuyó a darle contundencia al triunfo de su equipo. El céltico ya poco podía hacer cuando sustituyó a Gustavo López. Mientras tanto, el argentino tapaba su rostro con las manos en el banquillo quizás para no ver el marcador o no contemplar la huída de los aficionados del Celta. En Vigo, año nuevo, viejos fantasmas.