El Celta logró en Milán un triunfo que le mete en los octavos de final de la Champions y le permite inscribir su nombre entre los dieciséis mejores equipos del continente europeo.
09 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Lotina fue lógico. Sacó a su mejor equipo para ganar y se dejó de sorpresas en el día más señalado. Los tándemes más clásicos, con Cáceres-Berizzo, o Luccin-José Ignacio. Mantuvo su sistema de las últimas jornadas con un 3-4-2-1 y porfió a las ganas de este grupo por hacerse un nombre, las posibilidades de lograr la gesta. El Milan salió sin jugarse nada con más suplentes de lo esperado y parecía que estaba disputando un amistoso, o entrenando en su preparación para la Intercontinental. El Celta debía ser agresivo, intenso, si quería hacer que su rival entendiese que delante tenía a un equipo dispuesto a todo por ganar. No lo fue ni en ataque, ni en defensa y los reservas italianos se crecieron. Cavallero tenía trabajo y Abiatti pasaba desapercibido. Una contradicción ante lo que estaba en juego, pero los celestes estaban acorbadados como sintiéndose inferiores. Más miedo les entró al ver como Serginho estrellaba un lanzamiento de falta en el larguero. Fue entonces cuando sucedió algo que podía alentar la ambición celeste: el Brujas marcó. El Celta dependía de sí mismo para clasificarse. No debía caer en precipitaciones absurdas, pero debía irse a por el partido con la ilusión del gran premio. Hubo más toque, ni una pisada en el área contraria. Todas las oportunidades eran italianas. Lanzaron seis veces a puerta y a la séptima marcaron. Redondo dio una asistencia de clase a Kaká que la volvió en gol con un excelente disparo. El Celta estuvo durante un minuto fuera de Europa porque era cuarto. Jugando su peor fútbol, sumido en la oscuridad encendió su primera vela a San Siro. En su primera llegada Jesuli se inventó un golazo que nada tenía que envidiar al de los locales. Bailó a Costacurta y devolvió la honra a su equipo. Al mismo tiempo, el Ajax empataba. Quedaba un mundo de emociones por vivir. Ancelotti en sus envidiables rotaciones introdujo a Rui Costa y Tomasson. Había más cambios. Ahora los célticos sí tenían agresividad. Juanfran pudo marcar en una pared con Jesuli y luego Cavallero evitó el tanto de Borriello. El Celta era mejor y Milosevic pudo por dos veces corroborarlo marcando. Luego Gustavo, Sylvinho, Jesuli... Las vibraciones eran buenas. En el día de San Siro, patrón de los pobres, debía obrarse el milagro y colaborar con el club en el que Boban hizo sus últimas peticiones. La vela de la esperanza se encendió. José Ignacio recibió un balón tan cómodo que pudo primero darle una patada al aire y luego marcar. El Brujas hizo el segundo en Bélgica. Este equipo merecía la gloria que buscó sin suerte durante tantos años. ¡Inolvidable!