Jean-Marie Leblanc dice que Iban Mayo animará el próximo Tour. El corredor del Euskaltel arrasó en la Vuelta al País Vasco y discutió el protagonismo de Lance Arsmtrong en la Dauphiné Libéré. Promete. Al menos emoción en la montaña. -La Dauphiné ha elevado su cotización. -Me llevé todos los maillots menos el amarillo. Tuve buenas sensaciones. No esperaba tanto. Fue bonito hacer que Armstrong lo pasara mal. -¿Cómo vio al norteamericano de cara al Tour? -Muy fuerte. Ha ganado cuatro veces el Tour... Es el favorito. -¿Qué espera usted de la ronda gala? -No pienso en la general, pienso en alguna etapa. Tengo los pies en la tierra. Corrí el Tour del año pasado y sufrí mucho. Cuando sufres demasiado aprendes poco. -Para ganar una etapa tendrá que atacar, incluso a Armstrong. -Lo dirán las fuerzas, si estoy bien, desde luego que lo probaré, no me voy al Tour para limitarme a estar ahí. -En la montaña va bien, ¿qué tal en la contrarreloj? -He mejorado, en la Dauphiné sólo fui superado por Armstrong y David Millar, dos especialistas. Y Millar sólo me sacó 19 segundos. -Mayo, Mercado, Mancebo... ¿Relevo generacional? -Hay gente joven que está saliendo. Antes fue la etapa de Indurain, después la de Olano, después la de Sevilla y compañía... Ahora venimos otros por detrás. -¿Esperaba llegar a la élite del ciclismo? -No. Empecé en el fútbol. Me apunté con los amigos. Jugaba de líbero, pero era muy malo, pasaba más tiempo en el banquillo que en el campo. Vi que no era lo mío y lo dejé. Entonces me apunté a pelota mano. -¿Y qué tal? -Pues iba los entrenamientos, pero un día uno de los de la pareja titular se lesionó o lo dejó... El caso es que tuve que jugar yo y cada sábado perdíamos por 18-0, 18-1... Mis padres fueron un día a verme y pasaron una vergüenza terrible. -Y se cambió al ciclismo. -No, no. Me apunté a kárate. Y mi madre me hizo un kimono blanco. Pero me borré antes de estrenarlo porque pensé que si era malo también en kárate iba a llevar unos golpes terribles. Mi madre se llevó un disgusto tremendo. Menuda bronca. -Y, por fin, se cambió al ciclismo. -Sí, con un grupo de amigos. Entrenábamos por la semana y los sábados íbamos en autobús unos treinta kilómetros para competir en carreras de las fiestas de los pueblos. -La bici se le dio mejor. -Al principio era malo, pero me gustaba. Recuerdo que una vez competí en una prueba en la que había que dar vueltas a un circuito. De repente, me quedé solo. No sabía si era el primero o el último. Poco después vino un coche por detrás y escuché: '¡Por favor, el ciclista del dorsal... (ni me acuerdo) échese a la izquierda!' Ya iba doblado, claro. -A pesar de todo, continuó en el ciclismo. -Al final de la carrera me daban un bocadillo, una palmera, una coca-cola y una vieja revista de ciclismo. Con eso yo ya era feliz. -Parecen secuencias del filme «La bicicleta de Ghislain Lambert». ¿La ha visto? -No, pero a ver si puedo. La ha visto un colega y dice que está bien... -El protagonista está obsesionado con Merckx. -Pues lo tiene claro. -¿Quiénes eran sus ídolos? -Eran más cercanos: Marino Lejarreta y Julián Gorospe, que ahora es mi jefe. De los recientes, Perico e Indurain. Siempre nos fijamos en los que destacan. Pero Perico hacía las carreras emocionantes.